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domingo, 1 de abril de 2012

Un tilo de novela

Tal día como hoy, hace 64 años, un vendaval derribó un árbol centenario muy querido por los bilbaínos: el tilo del Arenal.
Según dicen, el tilo ejercía una fuerza telúrica entre los habitantes de la ciudad. Antonio Trueba, Zuloaga, Ortega y Gasset o Ramiro de Maeztu recibieron su influencia.
Quizás este árbol desprendiera un halo poético que contagiaba a quienes se sentaban bajo su ramaje. Cuentan que el tilo hablaba directamente al corazón de sus visitantes. No es de extrañar, por tanto, que fuera el mismo tilo el que le dictara a Unamuno los versos que le escribió a su esposa Concha Lizárraga, allá por 1910:

¿Te acuerdas? Fue en mañana del otoño
dulce de nuestra tierra, tan tranquilo,
en que esparce sus hojas aquel tilo
que sabes; eras tú verde retoño
con las trenzas no presas aun en moño
cuando pasando junto a mí yo el filo
no resistí de tu mirar y asilo
corrí á buscar al corazón bisoño
en el cercano templo. De tus labios
fluía gota a gota una sonrisa
muda y clara, cual de alma sin resabios
de amor pero que está al amor sumisa;
desde entonces tus ojos astrolabios
son de mi viaje que en cielo frisa

Ahora ya conocen a otro de los personajes de La ciudad de los ojos grises.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Unamuno

La obra de Unamuno es digna de admiración para cualquiera. Para los vascos que hemos estudiado en Salamanca, supongo que aún más por aquello de seguir sus pasos, aunque sólo sean físicos por las calles de la capital charra.
En mi caso, además se da la circunstancia de que he leído recientemente muchas de sus cartas, de sus artículos y de sus libros para mejorar la ambientación de mi próxima novela. Incluso, don Miguel es un personaje de la misma… pero este es un asunto que ya tendremos tiempo de tratar más adelante.
Entenderán, pues, que hoy mi recuerdo en el 75º aniversario de su muerte tiene que ser para el ilustre intelectual bilbaíno, tan amado como odiado por los hunos y por los hotros.  
Su último sueño tuvo lugar junto al brasero de su mesa camilla en la calle Bordadores, en la que se hallaba forzosamente recluido como castigo a su enfrentamiento con Millán Astray el 12 de octubre anterior durante la celebración del día de la Raza.
Quizás soñara con Concha –cuya ausencia le ahogaba la garganta como si le hubiesen puesto un dogal-, o quizás con Delfina Molina –su gran admiradora argentina-, o quizás con las ausencias de los amigos que le abandonaron en el último momento o con aquellos asesinados o presos como consecuencia de la guerra incivil. Aunque yo creo que su último sueño fue para el Bilbao de su niñez, aquel que retratara magistralmente en su Paz en la guerra.
Y aunque pueda parecer que tenía una ideología contradictoria, lo que le ocurrió es que simplemente no se alineó con ninguna de las dos facciones en cuanto emplearon la violencia. Es imposible ser intelectual y tener un pensamiento único. Supongo que es más sabio, quien más duda.
Al fin y al cabo, la libertad consiste en expresarse conforme a los dictados del corazón, sin que el miedo o los complejos sean los que hablen por nosotros.  
El ayuntamiento de Salamanca celebrará en 2012 el año Unamuno y yo, en lo posible, me sumaré a la hora de honrar su memoria.
Por el momento, dejo por aquí un soneto escrito por el viejo profesor diez días antes de su muerte.

Cuan me pesa esta bóveda estrellada
de la noche del mundo, calabozo
del alma en pena que no puede el gozo
de su todo gozar, prendida en nada.

Ay, pobre mi alma eterna encadenada
de la ilusión del ser con el embozo
de la verdad de veras en el pozo
en que está para siempre confinada.

Qué chico se me viene el universo
¿y qué habrá más allá del infinito,
de esa bóveda hostil en el reverso,

por donde nace y donde muere el mito?
Deje al menos en este pobre verso
de nuestro eterno anhelo el postrer hito.

martes, 18 de octubre de 2011

Nuestros rincones favoritos

Ignoro si a todo el mundo le pasará lo mismo, pero cada vez que conozco en profundidad una ciudad tiendo a buscar un lugar favorito que no sea el más popular. En París es la fuente Medicis en los Jardines de Luxemburgo, en Sevilla es el Hospital de la Caridad, en Madrid es el café Gijón o en Bilbao son los Jardines de Albia.
Algunos de estos lugares los visitarán a través de las páginas de mi próxima novela quienes se dignen a leerla. Aunque imagino que aún tendrán que esperar a la próxima primavera para encontrarla en su librería.
El caso es que este sábado en Salamanca, terminé mi recorrido fotográfico bajando por la calle Prior hasta el palacio de Monterrey para torcer a la derecha por la calle Bordadores. Me decepcioné un poco al comprobar que el bar donde terminábamos de madrugada, el Bogart, había cambiado de nombre. Sin embargo, rápidamente me recompuse: el Gatsby, el Niebla, la Hacienda y el Camelot estaban en su sitio después de más de veinte años. Todos estos garitos se encuentran en mi rincón favorito de Salamanca: el que se encuentra en torno al convento de las Úrsulas. Ni más ni menos, el que veía don Miguel de Unamuno cuando se asomaba por la ventana de su casa, la misma en la que vivió y murió, renegando de los hunos y de los hotros.