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sábado, 3 de marzo de 2012

Palmeras de coco

Hay dulces que saben a infancia. Desde los donuts a los bollycaos, pasando por tigretones, tortas de coscarón, rosquillas, brebas o bollos de mantequilla. Estoy seguro de que todos tenemos alguno que de alguna manera nos evoca nuestra niñez.
Los míos, sin duda, son las palmeras de coco, las cuales -por cierto- nada tienen que ver con las del Caribe. Mi añoranza por ellas se ha acentuado a lo largo de mi vida porque durante muchos años solo se podían  encontrar en el País Vasco. Así que cada vez que regreso a Bilbao, una de las primeras cosas que hago es comprarme una en la primera pastelería que encuentro. Ya pueda haber acabado de desayunar o de atracarme con un chuletón.
Ese hojaldre en su punto, cubierto de crema de mantequilla, coco y azúcar constituye no solo uno de esos pequeños placeres de la vida sino un hilo de unión con el niño que fui.
Después de muchos años recorriendo pastelerias, terminé por asumir que solo había palmeras de coco en Euskadi. Y, en cierto modo, esa resignación llegó a causar el bienestar de volver a encontrármelas en cada regreso. Comer una palmera de coco suponía que regresaba a mi patria chica. Y cuando terminaba de zampármela, mientras me sacudía el coco rallado que había caído sobre mi ropa, me quedaba un regusto a mantequilla y a infancia.
Pero hete aquí que la semana pasada, en una visita de mi hermano a Sevilla me suelta:
-¡Hay palmeras de coco en Triana!
-¿Estás seguro?
-¡Que sí, tío! Que me acabo de comer una.
Y no crean que esa tremenda revelación me causó una alegría especial. Más bien, todo lo contrario. Me contrarió que ahora les diera por viajar... ¡a estas alturas! Son las cosas que tiene la globalización: palmeras de coco en Triana... ¡manda narices!
Claro que me faltó tiempo para cruzar el Guadalquivir y, a pesar de estar a dieta, comerme una en la misma puerta de la pastelería.