domingo, 11 de septiembre de 2011
miércoles, 7 de septiembre de 2011
La última diapositiva
Aunque mi vieja cámara seguirá haciendo fotos con carretes en blanco y negro, tengo la impresión de que no haré más diapositivas en colorines. Ésta, que acabo de escanear, pertenece a un carrete que rebobiné sin ni siquiera terminarlo.
No es que sea de las mejores: no pude evitar la palmera y se me metió el brillo de una farola, pero siempre que la vea, recordaré que fue mi última diapositiva.
miércoles, 31 de agosto de 2011
Puertas
Mañana empieza septiembre...
...y con él, la llamada a unas cuantas puertas.
Espero que algunas se abran.
lunes, 29 de agosto de 2011
El último comercio
Unas letras pintadas en el suelo de la calle, junto a la puerta, nos muestran el nombre de la persona que regenta el comercio (no es la primera vez que les hablo de él). No hay ningún cartel en la fachada. Ni falta que hace, sólo un carretillo apoyado en la pared. La gente de Villalpando sabe lo que se vende dentro: de todo. Cruzar el umbral de la puerta es regresar de golpe hasta mediados del siglo pasado.
Los artículos parecen estar desordenados, pero lo dicho: es sólo apariencia. Juanito, aun con sus problemas de vista, se mueve seguro entre conservas y tejidos, entre especias y aperos, entre licores y calzados... Cada caja cerrada supone un pequeño misterio.
Juanito debería estar ya jubilado; sin embargo, confiesa que las cuatro perras de la pensión no le bastarían para vivir. Así que ahí sigue, al pie del cañón; en su vetusto negocio que, a la vez, es toda su vida.
La tienda está vacía, como casi siempre. Solicito a su dueño permiso para tomar unas fotos y él asiente con gesto austero; y, como queriendo colaborar, enciende la única bombilla que hay en el techo. Le ruego que la apague porque prefiero fotografiar la estancia con su escasa luz natural. No lo dice, pero intuyo que no quiere salir retratado porque se aparta con prudencia cada vez que percibe próximo el objetivo. En cierto modo, me desasosiega haberle robado una foto a través de un pequeño espejo.
Disfruto con los detalles, con los olores, con los viejos objetos, con el sabor añejo de cuanto me rodea. No obstante, no quiero importunar a Juanito más de la cuenta y disparo con rapidez, sin trípode, a riesgo de que alguna instantánea me quede movida.
Observo que tras el vetusto mostrador de madera de castaño hay una libreta donde Juanito hace las cuentas a mano. Mide con una vara artesana de un metro y pesa con una báscula de platillos. Apenas posee productos perecederos. Calendarios y carteles antiguos se esconden entre perchas, camisas y almohadas, aunque también hay uno de 2011.
Me voy con pesar. Me hubiera gustado quedarme toda la tarde y entrar en la trastienda, pero no me atrevo a invadir más la intimidad de Juanito.
Al día siguiente regreso para comprarle un poco de hule; más para agradecer su amabilidad que por otra cosa. No hace referencia a las fotos; ignoro si por prudencia o por que su vista le juega malas pasadas y no es capaz de identificarme. Desenrolla el hule, toma la vara, mide y lo corta con las tijeras con profesionalidad. Luego, usa un trozo de papel para hacer la cuenta.
Salgo con la esperanza de volver a encontrarme la tienda abierta en mi próxima visita al pueblo. El día que bajemos al Paseo y nos encontremos con su puerta cerrada, la echaremos realmente de menos. No en vano lleva en el mismo lugar desde 1837.
Les ruego que, si pasan por Villalpando, acudan a la tienda de Juanito y le compren (aunque sea) un poco de pimentón.
sábado, 20 de agosto de 2011
Luna llena
Diosa luna, desde el principio de los tiempos has ejercido un hechizo ante el que ninguno hemos podido escapar. Si miramos al cielo y estás menguando o creciendo, apenas te prestamos atención. Pero si estás llena, nuestros ojos se detienen unos segundos. Da igual que ya te conozcamos: provocas en nosotros la misma admiración.
Las civilizaciones antiguas te idolatraron y, aún hoy, de algún modo, te seguimos adorando. Fuente inagotable de leyendas, celestina silenciosa de millones de parejas, hacedora de las sombras de la noche, receptora de suspiros y confidente de amantes alejados.
Diosa luna, hacía tiempo que perseguía fotografiarte en tu plenitud y este mes, por fin, te has dejado. ¿Es que sabías que estabas más bonita que nunca?
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martes, 16 de agosto de 2011
Novela histórica, género en alza
El tener que intervenir en el reportaje que acaba de emitir Tesis en Canal Sur titulado Novela histórica, género en alza (pueden verlo en este enlace) me ha obligado a entrar en algunas reflexiones. Por cierto, me ha resultado muy gratificante compartir minutos televisivos con José Calvo Poyato, ya que he leído varias de sus obras como historiador para documentarme.
Ciertamente, me cuesta creer que aún haya alguien que denoste una novela por el mero de hecho de que se desarrolle en una época distinta a la actual. A mí, con sinceridad, nadie me lo ha dicho a la cara.
Y si lo hay, supongo que es el mismo que venera una obra sólo porque la haya escrito un autor de los llamados “de culto”, sin analizar que su prosa sea rancia o que para poder acabarla haya que saltarse párrafos que aburren a las ovejas. Uno de esos autores que se creen que los escritores de novela histórica contratan a negros de poca monta para que les averigüe un dato que, según ellos, no interesan a nadie.
Ya he dicho alguna vez que ni yo, ni la mayoría de escritores etiquetados como de novela negra o de novela histórica, decidimos que vamos a escribir una novela de un género o de otro. Simplemente nos viene una historia y sucede que su trama te obliga a situarla en una época determinada o a resolver un asesinato. Si la creación de la imagen de El Cachorro es la que me inspiró La sangre de los crucificados, no tuve más remedio que viajar hasta 1682 para escribirla.
Antes que escritor, soy lector. De los que siempre han elegido lo que leer. De los que no se han dejado llevar por corrientes ni por opiniones “culturetas” (quizás algún día profundice sobre esta especie). De los que se han enfrentado a un libro con el ánimo esperanzado de una buena lectura. Es cierto que, una vez que damos el salto y dejamos de ser lectores para convertirnos también en escritores, perdemos la inocencia como lectores. Sin embargo, cuando abordo la primera página de una novela lo hago con ilusión renovada y deseo que su lectura me satisfaga. Máxime si la ha escrito un amigo.
Y me resisto a creer que haya autores que no relatarían una buena historia que se desarrollara en el siglo XIX sólo porque peligraría su candidatura al Premio Nobel. Si fuera así, ellos se lo pierden.
lunes, 8 de agosto de 2011
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