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domingo, 28 de julio de 2013

120 años

Para todos los portugalujos el Puente Colgante es mucho más que un modo de atravesar la ría. Esta flamante estructura es el símbolo de nuestra villa y forma parte de nuestra entidad. 
Hoy se cumplen 120 años de su inauguración, tras un trienio de obras. Si quieren saber más sobre él, les recomiendo que acudan a los trabajos de Alfredo Pérez Trimiño, quien me ilustró en los pasajes de La ciudad de los ojos grises donde se habla del puente.
Y si están pensando en acercarse por Bizkaia, les recomiendo una visita a Portugalete y que paseen por la pasarela de este emblema. No lo olvidarán.

jueves, 11 de octubre de 2012

Muelle de hierro

Los portugalujos estamos de enhorabuena. Hoy, nuestro muelle de hierro ha sido declarado Bien de Interés Cultural. 
Cada vez que oigo hablar de él, me resulta inevitable acordarme del momento en que escribí la escena de mi novela La ciudad de los ojos grises en la que Alfredo lo recorre bajo un cielo gris a solas con sus recuerdos.

domingo, 1 de enero de 2012

2012

Quiero empezar el nuevo año con una de las últimas fotos realizadas el año pasado. Una foto donde interpreto cosas, más allá de lo que se ve: el flamante puente Bizkaia con su nueva coloración o la luna tratando de abrirse paso entre las nubes que cubren el abra de Portugalete.
Quiero ver esta foto como un símbolo, como un juego de esperanza que mi cámara ha querido regalarme.
Por eso espero que este año que acaba de comenzar pueda darme alguna que otra alegría; y es que mi nueva novela también se encuentra abriéndose paso entre las nubes, por lo que confío que pueda publicarse antes de que llegue el fin del mundo, anunciado por los mayas para el 21 de diciembre de 2012. 
Y por si acaso los mayas aciertan, les aconsejo que disfruten de todos aquellos pequeños momentos de felicidad efímera, y que lo hagan cada día. Mis mejores deseos para todos.

jueves, 27 de octubre de 2011

El fin del terror

 Percibo que el fin del terrorismo de ETA ha generado una inmensa alegría general… pero contenida. Como si la gente no terminara de creérselo, como si nos costara desprendernos de un miedo que nos invadió durante tantos años que consiguió silenciarnos.
En aquellos años del plomo, yo vivía en Portugalete. Admitíamos los atentados como hechos cotidianos. Incluso, a algunos, apenas se les dedicaba una pequeña columna en los periódicos. Por aquel entonces, aun siendo adolescente, tenía muy claro las dos máximas necesarias para protegerse: no hablar de política con nadie y evitar pasar por delante de los cuarteles.
Todo el que haya vivido en Euskadi en los últimos cuarenta años, sabe lo que es el miedo. Y me da una rabia tremenda que un pueblo tan noble y tradicionalmente valiente como el vasco, se haya visto sometido primero por una dictadura franquista y luego por la del terror.
Por eso, mi historia es una más de tantas.
Apenas tengo recuerdos de aquel día. Cuando alguien presencia un asesinato, en teoría, no lo debería olvidar nunca. Máxime cuando se tienen catorce años. Supongo que la goma de borrar de mi cerebro quiso protegerme de pesadillas futuras.
Eran las tres y veinte del miércoles 31 de octubre de 1979 cuando yo salía del portal de mi casa, en el número 13 (hoy 11) de la calle Ortuño de Alango, para ir al colegio. En ese preciso instante, a escasos cinco metros de distancia, vi como dos tipos disparaban a bocajarro a un hombre que se encontraba en el interior de su coche y su cabeza caía sobre el volante, haciendo sonar el claxon. Todo sucedió muy deprisa. Los asesinos huyeron en una furgoneta que les aguardaba unos metros más adelante, mientras una joven gritaba desde una ventana, muy cercana a la de mi habitación.
Aún ignoro por qué –supongo que por miedo-, pero mi única reacción fue la de ir al colegio como si tal cosa. Ni siquiera me planteé regresar a casa.
Al poco rato, estando en clase, dos hombres entraron en el aula y, tras hablar con mi profesor, me llevaron a una sala de reuniones donde me interrogaron. No tengo ni la menor idea de cómo supieron que yo había sido testigo del atentado, pero sí recuerdo que sentí pánico ya que, en realidad, yo no estaba seguro de que fueran policías. Me limité a darles el detalle de la vestimenta de los terroristas y contarles que no pude ver sus caras, ocultas tras sus pasamontañas. Fueron ellos los que me contaron que el tiroteado acababa de morir en el hospital de San Juan de Dios.
Han pasado treinta y dos años y hasta hace poco apenas había hablado de aquello con nadie, quizás porque –como he dicho- algo dentro de mí no lo quería recordar. Ha sido tras el fin de ETA, la semana pasada, cuando he vuelto a salir de aquel portal en la calle Ortuño de Alango con mi bolsa naranja al hombro. Y he encontrado en Internet que aquel hombre a quien vi morir era un joven guardia civil pontevedrés de 29 años, llamado Manuel Fuentes Fontán. Y que la chica que gritaba en la ventana era su novia, a la que acababa de visitar.
Al año siguiente, dos kilos de goma 2 cambiarían mi destino para siempre. Por fortuna, alguien los encontró poco antes de que estallaran en las oficinas en la que trabajaba mi padre, en el tramo de carretera entre Subijana y Pobes. Sin embargo, aquello provocó que trasladaran a mi familia. Los terroristas me alejaron de la única tierra que hasta aquel momento conocía -y que era la mía- y de los únicos amigos que hasta entonces tenía -y que eran los míos-.
Por eso, en estos últimos días, quienes hemos vivido la lacra del terrorismo de una manera o de otra, tenemos sentimientos agridulces. Desde luego que estamos alegres por el fin del terror, pero nos hubiera gustado que este nunca hubiera existido.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Mis antiguos compañeros

Quizás  suene a batallita, pero es que me parto cuando se trata el asunto del número de niños por clase y lo perjudicial que puede resultar para su educación una clase con más de treinta alumnos. Estas dos fotos me las envío uno de aquellos compañeros que tuve en 6º de E.G.B. (ahora lo llaman Primaria, creo).
Y no, no son dos clases. Esta, en concreto, es 6ºB del Colegio Santa María de Portugalete del curso 1976-77. Lo que ocurre es que no cabíamos en una sola foto y nos repartimos en dos. Por si no tienen ganas de contarlos... de contarnos, somos ¡52!

Eso sí, quien más quien menos se llevó un cogotazo de algún hermano menesiano, pero dudo que ninguno de nosotros se traumatizara por eso. Yo era un buen chico, delegado de clase y esas cosas y sólo me llevé uno. El hermano Manolo estaba repartiendo capones a tres que estaban en fila y gritó: ¡1, 2 y 3! Y a mí me salió del alma completar la frase diciendo: ¡Picadora Moulinex!... y me gané el cuarto capón.
Al verles la cara, recuerdo los apellidos de todos y me llueven imágenes cargadas de ayer. Hasta me dan ganas de pasar lista y escribir los nombres de todos estos niños de las fotos que no debieron de salir demasiado mal formados del colegio  porque, con el tiempo, terminaron siendo médicos, profesores, arquitectos, ópticos, ingenieros, abogados, empresarios, informáticos, políticos, atletas e incluso hubo uno que se convirtió en escritor... pero es que en todos los rebaños hay una oveja negra.

domingo, 17 de abril de 2011

JTPALACIO

Sin que sirva de precedente, hoy me permite mostrar en esta ventana unas fotos que no son mías (ya me gustaría), sino de uno de esos amigos nuevos que he podido conocer gracias a mis libros.

Javier T. Palacio, además de ser portugalujo (o quizás por ello), es un buen tipo y un excepcional fotógrafo (a la vista está) que lleva su afición casi en secreto. Reconozco que me identifico con todas esas personas que tienen vida más allá de la rutina laboral y que son capaces de desarrollar una afición artística, fuera del trabajo que les da de comer, para sentirse mejor consigo mismos.

Les recomiendo que echen un vistazo a la bitácora de Javier. Aquí les dejo el enlace... para que lo disfruten.

domingo, 21 de febrero de 2010

Mi colegio

Desde muy pequeño me llamó la atención la espectacular fachada de mi colegio.
Corrían los años 70 y "mi Portugalete" se limitaba al edificado en el siglo XX. El casco viejo resultaba demasiado viejo y quedaba fuera de nuestra ruta. Y sólo los domingos bajábamos al muelle Churruca, a ese Portugalete decimonónico de las casas señoriales que mirábamos con admiración y curiosidad por saber qué tipo de gente podía permitirse vivir allí.
Mi Portugalete era el de los edificios altos construidos para albergar al innumerable número de trabajadores que contribuyeron a que Portugalete fuese una de las poblaciones con más alta densidad de Europa.
Mi colegio constituía un oasis en medio de aquella jungla de asfalto, un lugar desde el que se podía ver el cielo. En contadas ocasiones, entrábamos por la puerta principal, donde se encontraban la dirección y la secretaría. Recuerdo que en 1976 me rompí el brazo en el patio y me llevaron a aquel "lugar prohibido" para los alumnos. Hoy más que el dolor en el codo, recuerdo la fastuosidad de esos salones.
Ayer, buceando por la red en busca de documentación para mi próxima novela, me topé con dos páginas (http://www.soydeportugalete.com/ y http://www.mareometro.com/) y un fantástico blog (http://monografiashistoricasdeportugalete.blogspot.com/) que me han hecho viajar a los tiempos de mi niñez y otros anteriores que desconocía. Gracias a ellos he podido desvelar ese pequeño misterio y es que la fachada de mi colegio pertenecía a un viejo pero bellísimo hotel, que era la mansión de los Dueñas.

lunes, 11 de enero de 2010

Parajes telúricos

Parajes agrestes, castigados por el mar y por los piratas. Hasta allí habían llegado soldados, corsarios y buscavidas atraídos por la singularidad de la isla, con la creencia de que albergaba ricos tesoros o suculentos manjares. (Muerte dulce)
Parajes agrestes...
Parajes agrestes... y bellos.
Me encuentro ahora mismo en uno de esos parajes agrestes sin ni siquiera salir de mi habitación.
Mi nueva novela va tomando forma y comienzo a ilusionarme con ella. Sin embargo, no quiero ni debo olvidarme de las dos anteriores.
Por eso, aunque don Fernando de Zúñiga se encuentre descansando, he querido recordarlas.
Quizás sea porque hoy he vuelto a ver las torres de las catedrales charras o porque he organizado mi próxima visita a Bizkaia. El hecho es que pase lo que pase, los lugares que amo quedarán para siempre inexorablemente unidos a mis novelas... y siempre me las recordarán.
Lugares como el de la fotografía, lugares telúricos que influyen en mi ánimo. Lugares como Bilbao, Salamanca, Portugalete, Villalpando... o como San Juan de Gaztelugatxe.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Portugalete

Los fuertes vientos y las abundantes lluvias, que bajaban impetuosamente por unas calles sucias e insuficientemente empedradas, no contribuían a cuidar la salubridad de los portugalujos, que se mezclaban con los marineros de los barcos que frecuentaban el puerto. Muchos de ellos gentes de mal vivir que aprovechaban sus estancias en tierra para visitar tabernas y burdeles clandestinos, donde se gastaban el salario y buscaban desahogo a las represiones acumuladas durante meses en altamar. (Muerte dulce, página 88)

Mucho ha cambiado Portugalete desde su creación, allá por 1322, cuando lo componían tres largas calles empinadas atravesadas por estrechos cantones, a pesar de que aún conserve aquel trazado medieval… y mucho ha cambiado desde aquellos años setenta de mi niñez. Hoy es una villa moderna, agradable y limpia. ¡Con rampas metálicas en plena calle para subir las cuestas! Es una delicia pasear por el Muelle de Churruca con el jersey anudado sobre los hombros (como mandan los cánones) y dejarse acariciar por la brisa de la ría abandonándose al mar. Nunca me cansaré de contemplar el Puente Colgante.


Atrás quedaron la contaminación y los cielos rojizos de los febriles años industriales. Aquellos años en los que se forjó mi personalidad en esta apacible villa proletaria de la margen izquierda.



Para mí Portugalete es sinónimo de evocación: los partidos de baloncesto en el patio del Colegio Santa María, nuestro quinto piso sin ascensor de la calle Ortuño de Alango, las palmeras de coco y los bollos de mantequilla de la tienda de Cristi, las maravillosas vistas al mar desde la casa de mi amigo Agustín, el olor de los libros de la Biblioteca Municipal, las monedas antiguas que me regaló el abuelo de Infante, los futbolines de Santos, los cortes de pelo en la vieja barbería de General Castaños, las visitas a mis tíos y sus nueve hijos en Repélega, los juegos en la plazoleta donde Íñigo tiraba de la coletas de Merche como único modo de demostración de afecto, las salidas al monte, el coro de la capilla, los uniformes de las chicas de El Carmen, las redacciones de don Ángel Alonso, las lecciones de sexualidad del “padrecito” Llanos –jesuita para más señas-, el nacimiento de mi hermana Cristina y su bautizo en la preciosa Basílica de Santa María, la música de Supertramp, los jeriguays en los guateques del colegio, Grease en el cine Java, las mañanas dominicales en el Parque de los Monos…
… podría seguir, pero sé que no hace falta porque quien más quien menos tiene su Portugalete.

miércoles, 22 de abril de 2009

Bizkaia Maitea

Hoy acabo de dejar atrás los campos de Castilla y me he adentrado en los frondosos bosques de mi Bizkaia maitea. Hoy siento una extraña mezcolanza de nostalgia y bienestar. La que se siente cuando uno regresa a casa después de mucho tiempo. Por ello, me permito reproducir una de las confidencias que relato en el anexo de mi última novela:
¡Y qué decir de mi Bizkaia maitea! Tengo la sensación de que no es suficientemente conocida… ni reconocida. Es tan bonita que sorprende. Quizás me atrevería a definirla con muy pocas palabras: Vizcaya es monte y mar, y es gente noble. Pero sería incapaz de transmitirles la belleza de tantas imágenes como me asaltan. Quien ponga en duda mi objetividad no tiene más que pasearse por las siete calles de Bilbao o por el casco antiguo de Balmaseda. También puede visitar las Encartaciones o las ermitas románicas o cualquiera de sus parajes naturales –hermosas rías, arboledas, playas y montañas-. Pero confieso que mi debilidad es San Juan de Gaztelugatxe, un conjunto único y singular, casi mágico. Esta aventura de don Fernando de Zúñiga constituye, en cierta medida, mi humilde homenaje a todos estos lugares recorridos por él y por su fiel Pelayo.
Si alzo la mirada puedo ver la ría y el Puente Colgante. ¡Cuántos recuerdos! Para colmo, Alfredo Gastiasoro, un viejo amigo, acaba de mandarme las fotos de 4º,5º y 6º EGB. Hacía más de treinta años que no las veía. No es posible que haya pasado tanto tiempo. Ellos siguen siendo mis compañeros de colegio. Con algunos me reencontraré mañana a las 19:30 en en Centro Cultural Santa Clara de Portugalete, donde presentamos Muerte dulce. Tendremos más canas, más kilos y menos pelo, pero estoy seguro de que conservaremos la misma sonrisa.

martes, 9 de diciembre de 2008

El Kolitza y mi nueva novela


El cortejo fúnebre ascendía con aire cansino hacia la cima del Colisa. Unas pocas plañideras lloraban sin demasiada convicción. Los demás rostros del escaso grupo denotaban más cansancio que tristeza. Sólo una joven mujer parecía sentir la pérdida del difunto, misteriosamente asesinado. El sol de julio se mostró galante, atenuando la fuerza de sus rayos para incidir con suavidad en la muchacha. La rubia cabellera de Gorane Otamendi brillaba altiva sobre su ropaje enlutado. Era la única persona empeñada en acatar la última voluntad de su primo de ser sepultado en la ermita de San Sebastián y San Roque, en lo más alto de su querido monte. Una voluntad expresada por quien conocía con certeza el momento de su muerte.

Así empezarán (más o menos) las nuevas aventuras de don Fernando de Zúñiga, que si el tiempo (en este caso el que me falta para terminar la novela) y las autoridades (editoriales, por supuesto) lo permiten, verán la luz en la próxima primavera.
Quien me haya leído, habrá intuido que tengo manía por el rigor, y no sólo histórico. Así pues, dado que la historia comenzaba en Balmaseda, y más concretamente en el monte Kolitza (en la novela, lo escribo con el nombre que tenía en el siglo XVII, al igual que el resto de topónimos vascos) y habiendo leído que la subidita se las traía, allí que me fui a experimentar el cansancio en mis propias carnes y recordar mis tiempos de scout en Portugalete. He de confesar que casi no llego y eso que hice bastante recorrido en coche. Los años y los kilos tienen esas cosas.
En fin, las imágenes corresponden a la ermita y a las impresionantes vistas que se divisan desde lo alto. Como suele ser habitual, las fotos no hacen justicia a la belleza del lugar.
Pero lo más importante para mí es poder asemejar mi segunda novela con el Kolitza. A pesar del cansancio y las típicas dudas de novelista, estoy muy cerca de la cima y a punto de coronarla. O lo que es lo mismo, atacando el último capítulo. El título del libro lo tengo ya, pero aún no le revelaré. Poco a poco, quizás vaya desvelando algunas de sus claves. Mientras tanto, espero que disfruten de este breve anticipo.