miércoles, 25 de marzo de 2009

El origen del mus

La primera referencia escrita que existe sobre el mus data de 1745 cuando Manuel Larramendi lo mencionó en su Diccionario Trilingüe Castellano-Bascuence-Latín. Así pues, parece evidente que ya años antes debía de jugarse en las tabernas vascas. En Muerte dulce me he permitido novelar sobre el origen del mus (con permiso de los maestros Mingote y Leguineche). Y, desde luego, si no surgió tal y como lo narro, tuvo que ser muy parecido.
En mi novela, Eugenio González Gorostiza, más conocido como Antzara, sienta las bases del mus. Antzara significa ganso en euskera y, a su vez, ganso es tahúr en el lenguaje de las germanías. Pues bien, Antzara es un veterano tahúr, curtido en las casas de tablaje de Bilbao, Madrid, Nápoles, Sevilla… Es un extraordinario jugador, pero termina míseramente porque, como él dice: quien juega, quien apuesta… finalmente llega el día en que termina perdiendo.
De vez en cuando, Antzara, viejo y arruinado, vuelve a la cuna del mus, la taberna de El muslari tuerto (esta se encontraba en uno de los cantones de Carnicería Vieja, muy cerca de la iglesia –hoy catedral-, que aparece en la foto) donde introduce nuevas reglas en el mus, un juego compendio de todos los anteriores para terminar siendo genuino y el más grande de todos los juegos de naipes.
Su obsesión, lo único que le empuja a seguir viviendo, es crear un juego donde no siempre gane el que mejores cartas tiene. Un juego en el que se apueste algo más importante que el dinero. Un juego de honor.
Antzara toma reglas de los viejos juegos, tanto de los lícitos como de los de estocada (aquellos en los que se apostaba fuertemente): en la pechigonga se daban cuatro cartas a cuatro jugadores y con ellas se envidaba o se pasaba; en el rentoy y en el truque también se envidaba y se hacían señas (algunas fueron adaptadas al mus); en el juego del reinado lo que más valían eran los reyes; en el juego de los cientos se quitaban los treses y las cartas más valiosas eran los ases, como en el rentoy lo eran los doses; en el juego de la báciga había que formar la cuatrinca (cuatro cartas iguales) o formar un catorce (dobles parejas); en el juego del cacho, como en el de la báciga o las treinta, el objetivo era sumar treinta y una.
Se permitió usar la sota de oros, la carta más valiosa en el rentoy (llamada pendanga en la báciga o perica en el truque) para formar la treinta y una real.
Esa fue la gran creación de Antzara: el juego del musuz musu (cara a cara, en euskera), como él lo bautizó, aunque posteriomente alguien determinó acortar su nombre.
El mus: cuatro jugadores, cuatro cartas y cuatro lances: grande, chicas, pares y juego.
Una de las más grandes partidas de la historia tuvo lugar en El muslari tuerto. Los mejores jugadores de Bilbao la disputaron la noche de San Fernando del año de gracia de 1683. Algunos de ellos terminaron pagándolo con su vida. Pero para saber lo que pasó, tendrán que leer Muerte dulce.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Muerte dulce

Pues sí, Muerte dulce. Este finalmente es el título de mi nueva novela. Después de meses de minuciosa preparación, seleccionando y mezclando ingredientes, ya está en el horno. Así que en unos días deberá estar lista para ser devorada. Al menos, eso espero.
Estoy deseando volver a sentirme como esa madre de las de antes que se pasaban la mañana cocinando para que llegara la familia y se lo zampara todo en un santiamén, la mayoría de las veces sin dar las gracias.
Esa también es la grandeza y la miseria de los escritores. Meses, si no años, de duro trabajo para crear una obra que podrá ser leída en unas horas.
Muerte dulce supone la segunda aventura (que no segunda parte) de mi querido Fernando de Zúñiga. Eso sí, he tratado de narrarla de tal manera que quien no haya leído previamente La sangre de los crucificados pueda disfrutar tranquilamente de Muerte dulce.
En Muerte dulce hay algunos de los ingredientes de la anterior novela: viajes, rigor histórico, intriga, asesinatos, emocionantes relaciones personales… pero además hay otros dos. Uno es el vino, como no podía ser de otro modo por ser el mejor compañero de cualquier suculenta comida. Para ser más precisos, diré que el vino de las tierras del Duero es una pieza importante de la trama. Y el otro lo componen los naipes, y en especial un juego que acaba de nacer en las tabernas vascas: el mus.
En absoluto es necesario saber jugar al mus para imbuirse en la historia. Aunque también es verdad que los muslaris sonreirán con algunos de los lances de la famosa partida que se celebró en la taberna bilbaína de El muslari tuerto durante la noche de San Fernando de 1683, y que supuso el desencadenante de una serie de misteriosas muertes que el doctor Zúñiga deberá investigar.
Mi editor me dijo que me resultaría más difícil escribir la segunda novela que la primera…. ¡y vive Dios que tenía razón! La más que maravillosa acogida de los lectores de La sangre de los crucificados me cargó de ilusión, aunque también de responsabilidad. Cada noche me enfrentaba a las teclas de mi ordenador con el único propósito de que Muerte dulce estuviese, por lo menos, a la misma altura que su predecesora.
Por el camino han quedado dudas, inseguridades, atascos… pero también satisfacciones y sonrisas, especialmente cuando intuía que la novela tomaba forma o cuando las musas se acordaban de mí para componer una bonita frase.
El trabajo está hecho. Ahora solo me queda esperar que Muerte dulce sea del agrado de todos sus lectores, para que la lista de comensales se vaya ampliando. Confieso que tengo fe en ella… y en ustedes. Buen provecho.

miércoles, 11 de marzo de 2009

El mapa del tiempo

Hoy he elegido una foto de Londres, porque Londres es el escenario de la mejor novela que he leído en los últimos años. La acabo de terminar y aún estoy bajo sus efectos. Bajo los maravillosos efectos de El mapa del tiempo, de Félix J. Palma.
Resumiendo diré que… es una auténtica obra maestra. Como todas las grandes novelas, no se puede encasillar en un solo género. Con tintes de ciencia ficción, de novela romántica, de ensayo, de novela histórica y hasta de novela negra… y unos personajes inolvidables y excepcionalmente elaborados.
Consta de tres partes bien distintas que terminan enlazándose entre sí. El mapa del tiempo comienza muy bien, continua mejor y concluye de forma magistral.
Cuando comencé a devorar libros, descubrí grandes historias. Pero a medida que leía más, sentía que quedaban muchas por escribir. Por ejemplo, siempre eché en falta una buena historia sobre magos. No hace tanto que J.K. Rowling la escribió, así que (por desgracia para mis bolsillos) ya no podré ser el creador de Harry Potter ni de nadie parecido. También es verdad que hace poco que soy escritor y jamás había pensado en mí mismo como un inventor de historias.
De la misma manera, había echado en falta una buena historia sobre los viajes en el tiempo. Después de la novela de Félix J. Palma será muy complicado que alguien intente enmendarle la plana y creo que mis tibias pretensiones de escribir sobre ello van a quedar aparcadas sine die.
También echaba en falta las historias de algún detective que aumentara la reducida lista de sabuesos hispanos. Al menos tengo el consuelo de haber aportado mi granito de arena con mi personaje de don Fernando de Zúñiga. Su segunda aventura, Muerte dulce, se publicará si todo va bien el mes próximo.
Pero de ella avanzaré algo la semana que viene. Hoy tengo que rendir pleitesía y confesar mi profunda admiración por El mapa del tiempo y por su autor. Con su obra, Félix J. Palma se ha adentrado en la cuarta dimensión para crear una auténtica máquina del tiempo, una novela que perdurará en el espacio físico y temporal, y en el recuerdo de cuantos hemos tenido el placer de disfrutarla.
Mi más sincera enhorabuena, tocayo.

miércoles, 4 de marzo de 2009

¡Aupa Athletic!

Me acuerdo perfectamente de la última final de Copa que jugó el Athletic. Las noticias de hoy se han encargado de recordarme que eso aconteció hace veinticuatro años.
He de ser sincero y confesar que no hubiera estado mal haber disputado alguna que otra más, pero lo que más me ha inquietado es que este tipo de acontecimientos provocan que nos detengamos a pensar y que, aunque sea por un momento, nos abstraigamos (creo que se dice así) de esta vorágine –llamada vida- por la que transitamos a toda velocidad, muchas veces a tontas y a locas.
Veinticuatro años. Podría enumerar los amigos que se mofaron de mí en aquel bar de Salamanca cuando marcó Hugo Sánchez. Veinticuatro años. Ahí es nada. Parece que fue ayer. Un cuarto de siglo… o un suspiro. Es casi lo mismo. Nada hay más inexorable que el transcurrir del tiempo. Devoramos los años (o quizás debería decir que los años nos devoran a nosotros) sin darnos cuenta. Y cuando nos detenemos a pensar ya es tarde. El tiempo nos ha vencido. Y sólo nos queda echar la vista atrás para arrepentirnos por las cosas que hemos dejado de hacer.
Por eso hace algún tiempo que decidí tomarme la vida de otra manera. Disfrutar de esas pequeñas cosas que son capaces de alterar cualquier existencia anodina. El tiempo terminará por vencerme a mí también, pero al menos me pillará con las botas puestas.
Por cierto, mi Athletic acaba de ganar al Sevilla y jugaremos la final con el Barca. Ya va siendo hora de que la gabarra vuelva a la querida ría de mi niñez. ¡Aupa Athletic!

miércoles, 25 de febrero de 2009

Nostalgia

Con la fotografía perpetuamos imágenes. Es curioso. Una imagen sirve para recordar otra.
A veces, nuestra cámara capta paisajes o edificios que mañana permanecerán en su sitio. Lugares que podremos volver a fotografiar. Otras veces, hacemos fotos a situaciones que podrán repetirse de forma similar a lo largo del tiempo, quizás con otros personajes pero con la misma esencia, como toda clase de festejos locales que se suceden año tras año.
Sin embargo, hay algunas fotos que van más allá. Fotos que sirven para que personas o lugares que ya no están, perduren nítidamente en nuestra memoria. Lugares, tal vez, que significaron algo especial en un momento de nuestras vidas y a donde resulta imposible regresar salvo con el recuerdo.
Este dibujo presidió durante muchos años el bar de Toño. Exactamente los años en los que me apetecía trasnochar para tomarme una copa con mis amigos durante las vacaciones, mientras disfrutábamos al ritmo de Loquillo, Nacha Pop, Burning o Los Secretos.
Con la reforma del bar, el dibujo desapareció. Y en cierto modo, mis salidas nocturnas también. De vez en cuando, sigo yendo al bar de Toño, pero los tiempos han cambiado. Ya no está la afligida Estatua de la Libertad ni el niño consolándola. Además, la juventud demanda otro tipo de música que ya no estoy en condiciones de soportar más de diez… cinco minutos. Menos mal que Toño es un buen tipo y, cuando la gente se va, nos pincha esas viejas canciones que nos quitan unos cuantos años.
Afortunadamente, un día tuve la feliz idea de hacer esta fotografía. Además de la belleza de lo que representa, a mí me hace recordar buenos tiempos. Aunque a veces la nostalgia se viste de amargura y hay quien prefiere no echar la vista atrás, yo siempre le encuentro ese punto de dulzura.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Un carnaval silencioso

La palabra Carnaval parece que tiene que ir unida a bullicio o jolgorio. Y si no que se lo digan a los gaditanos, a los canarios o a los brasileños. Ellos celebran el Carnaval con gran estruendo. A mí, como no me gusta el ruido, no me entusiasman los carnavales.
En teoría, un fotógrafo debería de disfrutar con una cámara en ristre, disparando a diestro y siniestro entre una marabunta de piratas, payasos, trogloditas o extraterrestres entonando popurrís al ritmo de un pito de carnaval. Pero, que quieren que les diga, teniendo Cádiz a tiro de piedra y buenos amigos gaditanos, aún no me he visto con fuerzas de abordar tal tarea.
En febrero del año pasado, Pilar me preparó un viaje sorpresa a Venecia. Y sorpresa fue la que me llevé yo al descubrir unos carnavales silenciosos. No es que me encantasen, pero al menos se podían oír a las gaviotas mientras los cientos (o miles) de turistas acribillaban a disparos fotográficos a unos cuantas personas disfrazadas en el muelle junto a la Piazza San Marco.
Sin darme cuenta, ya he descrito el Carnaval de Venecia. Pues eso, decenas de hombres y mujeres, espectacularmente ataviados, portando bellísimas máscaras. Posaban en los lugares más bonitos y estudiados (se movían dependiendo del sol para facilitar la calidad de las imágenes) con el único propósito de obtener el mayor número de fotos de las legiones de turistas que les perseguían como posesos, tratando de captar una instantánea en la que no se colara otro turista. Tom Cruise lo tuvo más fácil en Misión Imposible.
Quizás se pregunten si fui uno más de esos posesos. Sí y no. He de reconocer que el primer día caí en la tentación del colorido de las máscaras y gasté algunos carretes en colorines (que el dios del blanco y negro me perdone). Pero una vez visto el percal, el día siguiente fue más divertido.
Ocurrió que nos agenciamos unas capas negras y nos compramos el kit de maschera nobile: careta blanca, pañuelo de seda y sombrero de tres picos. Al fin y al cabo, se trata del disfraz más genuino de Venecia, ya que los vestidos pomposos vinieron después. Ataviados de tal guisa, nos paseamos por puentes, plazas y canales, posando para turistas y respondiendo al agradecimiento que nos mostraban, realizando una sutil reverencia con la cabeza. Jamás pensé que llegaría a confesar que bajo la máscara del tipo de la imagen de abajo, se encuentra un servidor haciendo las delicias de un puñado de turistas... y de Pilar que se partía de la risa mientras fotografiaba la estampa.
Y ellos tan contentos. Habían conseguido una magnífica foto de todo un veneciano auténtico. Tan auténtico como un finlandés vestido de corto en la Feria de Abril de Sevilla.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Despedidas

Cuando uno no se quiere ir, lo único bueno que tienen las despedidas es la confianza en el reencuentro. Las despedidas saben a tristeza y huelen a melancolía. Nos pasamos la vida despidiéndonos. Despidiéndonos de lugares, de familiares, de amigos… Lugares, familiares y amigos que evocamos en la distancia, o peor aún, que evocamos en el tiempo.
La mirada de esta muchacha enamorada es una preciosa despedida. Una despedida primeriza. Sus ojos albergan la inocencia que sólo otorga una despedida. Quizás, las miradas de las despedidas sean las únicas que nunca pierden esa inocencia.
Yo me he pasado la vida despidiéndome. Atrás han quedado demasiados lugares, demasiados familiares, demasiados amigos… La mayoría están ahí, esperando el reencuentro. Tal vez no se produzca nunca, pero nos tranquiliza saber que están ahí. Sin embargo, algunos ya no volverán. José Noguera terminó yéndose. Hoy le he dado mi última despedida. Hasta siempre, José.