A veces, me gusta tomar fotos que no delaten el tiempo. Esta, en concreto, es del año pasado pero bien podría haber sido de principios del siglo XX. Por cierto, es uno de los escenarios de mi próxima novela.
Además de escribir me gusta hacer fotos
El pasado 21 de diciembre, mi tío Agapito Modroño escribió en su bitácora una excelente semblanza de la tienda de Juanito en Villalpando, uno de esos sitios en los que uno regresa al pasado de tal manera que si hay que describir un comercio de los años 40 del siglo XX, no es necesario haber vivido aquella época ni imaginárselo. Basta con entrar en la tienda de Juanito. Por alusiones, me permito publicar esta foto que le tomé hará cinco o seis años.
Unos días antes del examen final de Derecho Internacional Privado, allá por junio de 1986, habíamos pillado una salmonella en el comedor universitario de no te menees. Así que no se puede decir que llegara a la prueba en plenitud de condiciones físicas. Sí, ya sé que parece una excusa, pero así fue. Si no, que se lo pregunten a mis compañeros de piso, que comieron aún más ensaladilla que yo.
Quizás, algunos recuerden que esta foto ya me sirvió en una entrada del mes de marzo. Entonces, simplemente decía: buscando alma en la madera. Hoy la quiero mostrar como retrato de Manuel Carmona, uno de los más ilustres imagineros contemporáneos, que amablemente me abrió la puerta de su taller de la calle Castellar para contarme detalles de su trabajo, cuando estaba documéntandome para La sangre de los crucificados.
Soy de los que visitan los sitios en los que se desarrollan sus novelas para poder ambientarlas mejor. ¡Qué quieren que les diga! Me sorprenden esos autores, algunos consagrados, que se jactan de describir lugares en los que no han estado, argumentando que con Google Earth e Internet tienen el asunto resuelto. Desde luego, yo no podría.
Dicen en las noticias que, en estos días, Buenos Aires sabe a milongas al celebrarse el Día Internacional del Tango.
Cuando ellos me pidieron que les hiciera las fotos para su página web, pensé en lo bien recibido que iba a ser siempre que me apeteciera tomar un chorillo criollo, unas empanadas, un solomillo al punto argentino y un panqueque de dulce de leche.
Que tu padre sea el alcalde del pueblo no es que tenga muchas ventajas; sobre todo, si el susodicho es una persona íntegra, como es el caso. Así que si uno se compra un terreno con una casa vieja para derribarla con idea de construirse un hogar para la jubilación, al tener el alcalde en casa, le toca encargar (y pagar) el proyecto correspondiente y no se tira una piedra hasta que no esté todo en regla. Hay que dar ejemplo, dice el tío... y vive Dios que a mí me ha tocado darlo.