jueves, 1 de febrero de 2018

Luna azul


Me cuesta creer en las señales y, sin embargo, estas se empeñan en provocarme, burlonas.
Mi primer amor tenía -y tiene- unos increíbles ojos azules. Aquella chica y yo tuvimos que separarnos en nuestra adolescencia y ella me escribía poemas, "palabras de amor, sencillas y tiernas" porque "a los quince años no se saben más" (gracias, Serrat).
Uno de ellos estaba dedicado a la luna y venía a decir que, por muy lejos que estuviéramos, veíamos su idéntico fulgor.
Anoche, la última de enero, hubo luna llena como cuando murió mi madre. Y además fue azul, el color de unos ojos maravillosos que no se me van del pensamiento.

domingo, 28 de enero de 2018

Me confieso culpable

Me confieso culpable. Soy culpable porque he perdido la inocencia como lector. Ya no me abandono a cualquier historia como antes. Ahora empiezo cada libro con una reticencia de la que carecía. Me da igual quién lo haya escrito. Enseguida me asalta la falta de estilo, los excesos de “había”, una mala construcción o la reiteración de frases comparativas… como si para escribir con dignidad hubiese que abusar de los “como”, como si fuese imprescindible enlazar una metáfora ingeniosa con otra, como si –acordándome de las sinopsis de Ángel Sanchidrián-  los “como” fueran lo que dieran calidad a la novela.
Reconozco que también tengo mis manías, algunas indefendibles. Me llevan los demonios cuando leo algunas palabras que parecen imprescindibles en una novela. Y confieso que yo también las he usado alguna vez. No diré cuáles son para que nadie se sienta ofendido. A modo de ejemplo, solo una. No me gusta “azulado”. Pero insisto en que esta es una manía personal.
Luego está el asunto de los autores. En los últimos años he tenido la suerte de conocer a muchos. Y aquí me resulta imposible desprenderme de las antipatías que unos pocos me han generado. Alguna vez intenté empezar a leer alguno de sus libros, pero me venía a la cabeza su engreimiento o su vanidad y no podía avanzar, así que ya no lo intento.
En cambio, sí me acerco a los libros de mis amigos, escritos con mayor o menor fortuna. Eso sí, no suelo comentar mis impresiones en público ni en privado. Si me gusta el estilo, sigo comprando. Si no, no.
Ahora que tengo más tiempo, calculo que leo seis novelas al mes, además de los libros que necesito para la documentación de las mías. Eso quiere decir que no he desistido, que de vez en cuando me llegan historias que me atraen. Confieso de nuevo que más por el estilo que por la trama.
Ya no hablo de aquellos escritores que fueron mis ídolos de juventud y ahora leo sus últimas creaciones con cierta añoranza. Ignoro si es que ya se encuentran cansados o es que mi actitud tampoco los ha respetado.
Me confieso culpable, bien que me pesa. Antes mi imaginación viajaba libre con cualquier lectura, y ahora se encuentra lastrada por mi falta de inocencia. Lo peor es que creo que ya no tiene remedio. 

martes, 23 de enero de 2018

La ciudad de los ojos grises

Para mí Bilbao es el trinar de los pájaros en los Jardines de Albia, un bollo de mantequilla devorado en plena calle, un beso robado en un fosterito, unos marianitos en Plaza Nueva, una partida de mus en una taberna, unos fuegos artificiales sobre la ría, las casetas de libros en el Arenal, unos zuritos en Ledesma, las tonalidades del Guggenheim, un gol del Athletic en San Mamés, un pintxo moruno en el Iruña, las calzadas de Mallona, un café cómplice, sus reflejos al anochecer, el señorío intemporal del teatro Arriaga, un jersey a los hombros, un suspiro sobre un puente, la alegría de una cuadrilla, el legado de Unamuno, la elegancia de la Gran Vía, el verdor de los montes que la rodean… pero sobre todo, para mí Bilbao es la ciudad de los ojos grises, de unos preciosos e inolvidables ojos grises.

martes, 16 de enero de 2018

Cuando los piratas son...

Escribo esta entrada mientras como una hamburguesa en un local donde suena música de los 80' con el mar aún en mi retina.
Hace tiempo que solo puedo observar el paisaje con un solo ojo, pero a cambio he aprendido a mirar. Quizás por eso me siento un poco pirata, en concreto como el de la canción de Serrat.
Cualquier día rompo promesas con mis hermanos de ayer y huyo rumbo a un puerto que aún no haya puesto precio a mi cabeza en busca de una piel que huela a jazmines.

domingo, 7 de enero de 2018

La soledad elegida

   Hoy he vuelto a pasear bajo la lluvia en una playa. A pesar de no llevar paraguas, me ha invadido un extraño estado de confortabilidad. Parecía estar más al calor de un hogar que sometido al viento del norte. Aunque a mi alrededor apenas había nadie, no estaba solo. Venían conmigo personas que nunca volveré a ver; a cambio me han acompañado otras a quien nunca he visto pero lo haré. Y es que en las soledades elegidas uno nunca se encuentra vacío, por mucho que le invada la nostalgia.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Ser escritor


   Es frecuente que me pregunten por qué me gusta escribir y también cuándo decidí ser escritor. Lo cierto es que me cuesta responder a algo tan sencillo en apariencia. Hasta hace once años ni siquiera me planteé que pudiera contar una historia de más de quince páginas con un mínimo de coherencia. 
   Creo que no fue hasta obtener el Premio Ateneo de Novela de Sevilla con mi cuarta novela, que me atreví a llamarme escritor. Por eso me causa cierta ternura ver la cantidad de aspirantes que son capaces de creerse escritores por el mero hecho de haber contado alguna historia con mayor o menor fortuna. Para mí, autores hay muchos pero escritores pocos.
    Un escritor ha de ser capaz de llegar al lector, de que este sienta la novela como propia. Un escritor ha de transmitir emociones de modo que el lector se identifique con lo que lee. Un escritor ha de ser consciente de que su obra deja de ser suya en cuanto se publica para pasar a pertenecer a sus lectores. Y todo eso ha de hacerlo con su propio estilo, sin pretender agradar de forma impostada, con algo que le sale desde lo más profundo porque es innato, trascendiendo de la técnica.
    Un escritor ha de ser lector y viajero. Si no se vive no se puede escribir. Es necesario acumular experiencias, sensaciones y emociones para poder contarlas, para que al evocarlas ante una hoja de papel en blanco fluyan de manera natural.
   La frase no es mía, aunque bien podría serlo: "Ser escritor está fenómeno, escribir es más jodido". Yo no siento esa necesidad vital de escribir a diario, aunque sí la tengo de beberme la vida, de madurar durante meses una novela hasta que decido plasmarla con palabras en un proceso repleto de dudas, de miedos, de inseguridades que espero nunca deje de provocarme vértigo. 
    ¿Y qué me ha pasado después? Que, por suerte, he ido acumulando lectores, personas que se acercan a la librería para comprar el último de Modroño. Y, por eso, necesito que perdure en mí ese vértigo, esa insatisfacción con lo que hago, ese nivel de autoexigencia que llega a obsesionarme. Podré no gustar pero nunca defraudar. Y me encantaría poder llamar a todos mis lectores por su nombre, intercambiar unas palabras sobre su vida y conocer su pequeña o gran historia personal.
   Cuando a uno le llega la liquidación con sus derechos de autor, a lo mejor no es consciente de lo que hay detrás de la compra de cada libro o de su posterior lectura, pero yo procuro no olvidar lo que mis lectores me han contado. Algunas historias serían merecedoras de una novela por sí mismas como la de la chica que leyó "La ciudad de los ojos grises" a su padre, que acababa de quedarse ciego; o como la de la maestra que se refugió en mis letras para tratar de superar la muerte de su hijo; o como la de un bilbaíno que me dijo que su madre falleció dejándose "Secretos del Arenal" en la mesilla; o como la de un villalpandino residente en Bilbao que, a pesar del agotamiento tras su sesión de quimioterapia, acudió a mi última firma con la ilusión de darme un abrazo. 
   Quizás ahora sea más fácil entender por qué sonrío feliz cada vez que alguien se acerca para que le dedique uno de mis libros... y por qué me encanta sentirme escritor.

lunes, 18 de diciembre de 2017

Una fecha

Hay una fecha que queda fijada en nuestra tristeza; una fecha a las que volvemos sin remedio, a veces de forma inconsciente; una fecha que nos aguijonea las entrañas ante cualquier situación; una fecha latente que aflora de forma caprichosa y nos acongoja súbitamente.
No necesitamos un almanaque para recordarla. Sin embargo, en mi casa el calendario sigue donde ella lo colgó, sin que nadie se haya atrevido a pasar la hoja del mes en el que ella nos dejó.
Esa fecha no es otra que el día en que fallece una madre. La fecha en que dejamos de vivirla y comenzamos a sentirla de un modo diferente. A partir de ahí notamos su presencia tan dentro de nosotros que nos resulta increíble que solo volvamos a verla en sueños.
A partir de esa fecha nos convertimos en ella. Convivimos con la evocación de su dulzura, tomamos como nuestros sus consejos o simplemente la lloramos en silencio. Pero de ninguna manera una madre desaparece. Su esencia se arraiga en lo más profundo de nuestro ser porque su alma se fusiona con la nuestra. Después de esa fecha ya no somos los mismos, nuestros sentimientos se intensifican, entendemos el significado de la nostalgia, algunas celebraciones dejan de tener sentido y nuestra propia vulnerabilidad nos fortalece.
También nos hacemos más egoístas. Nos guardamos su cariño para nosotros, como un tesoro escondido en el mapa de nuestra soledad. Es cierto que a veces lloramos a solas su ausencia, pero al final prevalece la sonrisa dibujada por su recuerdo.
Y es que el amor de una madre nunca muere.