Hoy he vuelto a pasear bajo la lluvia en una playa.
A pesar de no llevar paraguas, me ha invadido un extraño estado de
confortabilidad. Parecía estar más al calor de un hogar que sometido al viento
del norte. Aunque a mi alrededor apenas había nadie, no estaba solo. Venían
conmigo personas que nunca volveré a ver; a cambio me han acompañado otras a
quien nunca he visto pero lo haré. Y es que en las soledades elegidas uno nunca
se encuentra vacío, por mucho que le invada la nostalgia.
domingo, 7 de enero de 2018
miércoles, 27 de diciembre de 2017
Ser escritor
Es
frecuente que me pregunten por qué me gusta escribir y también cuándo decidí
ser escritor. Lo cierto es que me cuesta responder a algo tan sencillo en
apariencia. Hasta hace once años ni siquiera me planteé que pudiera contar una
historia de más de quince páginas con un mínimo de coherencia.
Un escritor ha de ser capaz de llegar al
lector, de que este sienta la novela como propia. Un escritor ha de transmitir
emociones de modo que el lector se identifique con lo que lee. Un escritor ha
de ser consciente de que su obra deja de ser suya en cuanto se publica para
pasar a pertenecer a sus lectores. Y todo eso ha de hacerlo con su propio
estilo, sin pretender agradar de forma impostada, con algo que le sale desde lo
más profundo porque es innato, trascendiendo de la técnica.
Un escritor ha de ser lector y viajero.
Si no se vive no se puede escribir. Es necesario acumular experiencias,
sensaciones y emociones para poder contarlas, para que al evocarlas ante una
hoja de papel en blanco fluyan de manera natural.
La frase no es mía, aunque bien podría serlo: "Ser escritor está
fenómeno, escribir es más jodido". Yo no siento esa necesidad vital de
escribir a diario, aunque sí la tengo de beberme la vida, de madurar durante
meses una novela hasta que decido plasmarla con palabras en un proceso repleto
de dudas, de miedos, de inseguridades que espero nunca deje de provocarme
vértigo.
¿Y qué me ha pasado después? Que, por
suerte, he ido acumulando lectores, personas que se acercan a la librería para
comprar el último de Modroño. Y, por eso, necesito que perdure en mí ese
vértigo, esa insatisfacción con lo que hago, ese nivel de autoexigencia que
llega a obsesionarme. Podré no gustar pero nunca defraudar. Y me encantaría
poder llamar a todos mis lectores por su nombre, intercambiar unas palabras
sobre su vida y conocer su pequeña o gran historia personal.
Cuando a uno le llega la liquidación con sus
derechos de autor, a lo mejor no es consciente de lo que hay detrás de la
compra de cada libro o de su posterior lectura, pero yo procuro no olvidar lo
que mis lectores me han contado. Algunas historias serían merecedoras de una
novela por sí mismas como la de la chica que leyó "La ciudad de los ojos
grises" a su padre, que acababa de quedarse ciego; o como la de la maestra
que se refugió en mis letras para tratar de superar la muerte de su hijo; o
como la de un bilbaíno que me dijo que su madre falleció dejándose
"Secretos del Arenal" en la mesilla; o como la de un villalpandino
residente en Bilbao que, a pesar del agotamiento tras su sesión de
quimioterapia, acudió a mi última firma con la ilusión de darme un abrazo.
Quizás ahora sea más fácil entender por qué sonrío feliz cada vez que
alguien se acerca para que le dedique uno de mis libros... y por qué me encanta
sentirme escritor.
lunes, 18 de diciembre de 2017
Una fecha
Hay una fecha
que queda fijada en nuestra tristeza; una fecha a las que volvemos sin remedio,
a veces de forma inconsciente; una fecha que nos aguijonea las entrañas ante
cualquier situación; una fecha latente que aflora de forma caprichosa y nos
acongoja súbitamente.
No necesitamos
un almanaque para recordarla. Sin embargo, en mi casa el calendario sigue donde
ella lo colgó, sin que nadie se haya atrevido a pasar la hoja del mes en el que
ella nos dejó.
Esa fecha no
es otra que el día en que fallece una madre. La fecha en que dejamos de vivirla
y comenzamos a sentirla de un modo diferente. A partir de ahí notamos su
presencia tan dentro de nosotros que nos resulta increíble que solo volvamos a
verla en sueños.
A partir de
esa fecha nos convertimos en ella. Convivimos con la evocación de su dulzura,
tomamos como nuestros sus consejos o simplemente la lloramos en silencio. Pero
de ninguna manera una madre desaparece. Su esencia se arraiga en lo más
profundo de nuestro ser porque su alma se fusiona con la nuestra. Después de
esa fecha ya no somos los mismos, nuestros sentimientos se intensifican,
entendemos el significado de la nostalgia, algunas celebraciones dejan de tener
sentido y nuestra propia vulnerabilidad nos fortalece.
También nos
hacemos más egoístas. Nos guardamos su cariño para nosotros, como un tesoro
escondido en el mapa de nuestra soledad. Es cierto que a veces lloramos a solas
su ausencia, pero al final prevalece la sonrisa dibujada por su recuerdo.
Y es que el
amor de una madre nunca muere.
domingo, 26 de noviembre de 2017
Tolerancia cero
Al envejecer a
uno se le agudizan las manías. Y si antes me fastidiaba la mala educación,
ahora directamente no la soporto. Es curioso cómo uno se vuelve más tolerante
en algunas cosas y más intransigente en otras.
Con los años
he aprendido a respetar cualquier idea sobre la política, sobre el amor o sobre
el modo de vivir. Sin embargo, cada vez me soliviantan más los fanatismos, las
corruptelas cotidianas o la incultura.
Nuestro
sistema educativo dista mucho de ser el adecuado. Si no, no se entiende que cada
vez haya menos comprensión lectora o que no haya desaparecido el machismo entre
los jóvenes. Y sí, sí se trata de buscar culpables. Porque somos todos. Cierto
es que las leyes orgánicas democráticas de educación han fracasado una tras
otra, pero también lo es que en nuestro ámbito individual miramos hacia otro
lado cuando nos topamos con conductas reprobables por miedo a ser señalados o
simplemente por evitar problemas.
Por eso, si
queremos erradicar la violencia contra la mujer, solo cabe evidenciar nuestra
más absoluto desprecio contra cualquier tipo de manifestación machista, por nimia
o ingenua que pueda parecer, de esas cotidianas que proliferan a nuestro
alrededor.
Ante el machismo, tolerancia cero.
domingo, 19 de noviembre de 2017
Mi dedicatoria favorita
Hace cuatro dejé de escribir en
este blog y hoy he decidido regresar. Podría ser un día cualquiera, pero no lo
es para mí. Un diecinueve de noviembre nació mi única hija y es una fecha
especial, en la que echo la vista atrás y me doy cuenta de todo el tiempo que
ha pasado desde que Ana llegó para quererme, de un modo cada vez más cómplice.
No en vano, cumple ya veintidós años.
Para mi vuelta he elegido la foto de
mi dedicatoria preferida. Como ya he comentado en alguna ocasión, las letras de
las canciones de Luis Eduardo Aute son parte de mi formación como escritor, al igual que las
de Serrat o Los Secretos. Porque mi adolescencia no vino marcada solo por los
libros. También por las melodías cuyo contenido se me quedaba impregnado. Para
mí las letras de las canciones de Aute no son poemas, sino estremecimientos del
alma.
Si miro el reloj y son la cuatro y
diez, siento la necesidad de darme prisa; nunca quiero que me abandonen al alba sin dejar un poro intacto en la batalla; me encantaría organizarme entre tres
mientras me quemo por dentro; y pienso que es terriblemente absurdo estar vivo
sin un latido cuando se necesitan dos o tres segundos de ternura. Por eso, si
alguna vez me pierdo, buscadme en Albanta… donde es eterna la infancia.
martes, 19 de noviembre de 2013
Mi última entrada
19 de
noviembre de 2013. Podría ser un día como otro cualquiera, pero no lo es. Han
pasado más de cinco años desde que me abrí este blog y precisamente hoy he
decidido escribir esta última entrada, después de 333 anteriores. No deja de
resultarme curioso porque nací un día 3.
Reconozco
que no he sido un bloguero muy disciplinado y, sin embargo, he sido
multidisciplinar. En este blog han ido apareciendo fotografías a las que tenía
un cariño especial, pequeñas reflexiones cotidianas, comentarios sobre mis
novelas e incluso algún que otro retazo de mi intimidad.
Hoy quiero
agradecer su paciencia y su fidelidad a todos aquellos que me han seguido.
Espero que continúen leyéndome a través de mis novelas.
Aquí
cada vez me cuesta más contar historias en esas fotografías que he ido mostrándoles.
Se quedan muchas en el cajón. La que no quería que se quedara es esta con la
que concluye la andadura de este blog. Ana entonces era muy pequeña y estaba
recién levantada mientas la luz de la mañana iluminaba su rostro. Pero el
detalle de la foto que más me gusta es el de verme reflejado en sus ojos.
Hoy
cumple 18 de años y aunque legalmente ya es mayor de edad, para su padre
siempre seguirá siendo una niña.
lunes, 4 de noviembre de 2013
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