viernes, 25 de octubre de 2019

Mi televisión

Este es el rincón de mi televisión, o quizás tendría que decir: el rincón donde debería estar mi televisión... en el caso de que la tuviera.
Hace ya tiempo que decidí que no la necesitaba.
Supongo que me pierdo cosas interesantes (en los últimos diez años solo he visto una serie) y que hay infinidad de temas sobre los que no puedo opinar porque no sé lo que es ver un minuto de un "reality" o de Juego de Tronos, por ejemplo, ni de las tendencias de tal o cual canal, ni de los debates políticos.
Obviamente tampoco estoy suscrito a ninguna plataforma, ni tengo wifi en casa.
Sí, sé que me pierdo muchas cosas. Pero a cambio he ganado otras a las que ya no quiero, ni puedo, renunciar. Y si hay una palabra que define mi búsqueda se llama paz.

martes, 8 de enero de 2019

La ortografía de los "escritores"

En un mundo donde cada vez se escribe peor, creo que los que nos llamamos escritores tenemos un compromiso: el de escribir con dignidad cuando lo hacemos en las redes sociales.
Ya no me refiero a que nuestros textos tengan la calidad de nuestras novelas sino a que pongamos cuidado en ellos, a construir correctamente las  frases, a evitar las faltas de ortografía y a emplear bien los signos de admiración e interrogación. No parece mucho pedir.
Reconozco que me duelen los ojos al ver los meses del año escritos con mayúscula, la palabra “guion” con tilde, al igual que el “aun” de “aun así” cuando no significa “todavía”; no digamos ya si se confunde el infinitivo con el imperativo.
Entiendo que un escritor no debería tener problemas para escribir naturalmente, al menos, con corrección; no entro ya a valorar los signos de puntuación porque eso merecería un capítulo aparte. Es cierto que la inmediatez de la redacción puede provocar lapsus, pero una equivocación no es un error continuado en el tiempo.
Usar un lenguaje coloquial para acercarnos a nuestros lectores no conlleva escribir mal.
Así que ya sabéis, colegas. Si en vuestras redes ponéis que sois escritores y cometéis errores en vuestros escritos, habrá alguien que estará resoplando en silencio por la sencilla razón de que, en una sociedad deficitaria de comprensión lectora, deberíamos dar ejemplo.

sábado, 27 de octubre de 2018

Novelas por escribir

Soy celoso de mis historias. Con frecuencia suelen decirme que tengo mucha imaginación. En esos momentos asiento con la cabeza y sonrío a sabiendas de que no es cierto… o, al menos, no del todo. La observación y la memoria son posiblemente mis inspiraciones. Sin vida no hay emoción y sin emoción no hay historias dignas que contar. Por eso, suelo dejarme arrastrar por las emociones, subir a los cielos y hundirme en los infiernos, si es necesario.
Muchas de mis tramas son producto de mi manera de contemplar la vida, de hacerme preguntas, de sentirme atraído por personas especiales alejadas de rutinas y pudores. Una de mis frases más repetidas en público es que los escritores debemos hacer verosímil la realidad. Y es así. Muchas de las historias que nos rodean no serían creíbles en un libro si el novelista no las filtrara por el tamiz de la coherencia.
Si me llega una de esas historias, soy celoso de ellas. Las escondo para mí con la ilusión de que un día pueda convertirlas en novelas. Sin embargo, mis arrugas me recuerdan que no podré escribir tantas.
Por eso, esta vez voy a resumir una de esas que habría que maquillar para hacerla creíble. Y como esto no es una novela… todavía, puedo contarla tal cual.
Una tarde de julio vi caminar a tres chicas por Sevilla, muy cerca de nuestro restaurante. Obviamente llamaron mi atención, porque dos de ellas eran gemelas, de una belleza imposible de olvidar. Y por esos avatares caprichosos de ese destino el que no creo pero que se burla de mí en cuanto me descuido, una noche de septiembre, me encontré a una de las gemelas en Santander, en la otra punta de España.
Ha pasado un mes y medio desde su primera respuesta, casi despectiva, a mi saludo. Pero la novela está por escribir. Aunque quizás esta vez sí tenga que echar mano de mi imaginación.

lunes, 30 de julio de 2018

Los tontos del pueblo


Antes los pueblos tenían su tonto, normalmente uno. Solía ser un hombre de pocas luces pero afable que se te acercaba para darte una palmadita en el hombro para ver si le invitabas a un vino o simplemente en busca de cariño. La gente solía referirse a él a sus espaldas con su nombre de pila acompañado de su inevitable apodo: el Tonto, pero este "Tonto" sonaba incluso cariñoso porque este personaje era un ser inocente e inofensivo, que se hacía querer, con lo que quizás no fuese tan tonto como aparentaba.
Hoy, con las redes sociales, el modelo de tonto ha cambiado. Y, lo que es peor, proliferan. En lo que único que no ha cambiado es en que siguen siendo del género masculino. Pero ahora suelen ser sujetos que bajo una apariencia normal albergan un borderline dentro. Son individuos afectados por una personalidad disfuncional que vierten sus envidias y rencores en las redes sociales, hostigando a quienes no piensan como ellos porque son de pensamiento único, creyéndose por encima del resto tanto a nivel intelectual como moral.
Esto sucede en toda la sociedad pero es especialmente peligroso en los pueblos, ya que estos individuos pretenden desastabilizar la concordia entre los vecinos. Estos tontos modermos, que lo mismo se autoproclaman sucesores de Unamuno y Giner de los Ríos que son machistas con poco cerebro, cuando se les agotan los argumentos, recurren a los insultos, fáciles de emitir en las redes donde la libertad de expresión del agresor prima sobre el derecho al honor del agredido.
Por suerte, estos tontos terminan por ser ignorados por sus vecinos, incluso por su familia. Y es que los tontos de antes merecían cariño. Los de ahora, el más absoluto de los desprecios.

viernes, 15 de junio de 2018

La ciudad de los ojos grises

Hay una ciudad junto al Cantábrico que encarna como ninguna el cuento del patito feo transformado en cisne y que durante más de siete mil horas al año está custodiada por las nubes.
Esa gama de grises me inspiró para bautizar a Bilbao como la ciudad de los ojos grises en una novela que he tenido la fortuna de verla en vida convertida ya en un clásico.
Una ciudad que hoy cumple años. Zorionak, Bilbao!

lunes, 14 de mayo de 2018

Felicidades, papá

El niño de la foto esperó a nacer a que acabara la guerra civil del siglo pasado, exactamente al 14 de mayo, por lo que hoy cumple 79 años. Felisín fue el tercer hijo -y único varón- de Eugenio "Lenteja" y de Ángeles "la de Quintanilla". Me resulta entrañable que los ancianos de Villalpando le sigan llamando Felisín cuando a mí siempre me llamaron Félix.
Felisín se enamoró muy pronto de mi madre y dejó el seminario para buscarse la vida en Vizcaya con un billete de cien pesetas guardado en una caja de cerillas. Cuando yo nací, ella tenía 21 años recién cumplidos y él casi 26. Juntos lucharon para sacar a su familia adelante, no solo a sus hijos sino también a sus padres. Recientemente descubrí un cuaderno con los envíos realizados a mis abuelos. No creo que esta sea una historia excepcional, sino una más de la gente de su generación. Gentes que sudaron cada gota de sudor para que sus hijos tuviéramos lo que a ellos la vida les vetó. 
Por fortuna, la mayoría lo consiguió. A costa de sacrificios propios, pero aquellos que abandonaron su pueblo con lágrimas en los ojos con la ilusión de volver en vacaciones aunque tuvieran que pasar jornadas interminables en pequeños coches, como nuestro Seat 850 blanco -matrícula BI-1237-B-, lo consiguieron. Quizás no teníamos ropa de marca, pero nos dieron la formación, los valores y el cariño con los que nos forjamos como personas.
Mi padre, cuando se jubiló, siguió trabajando. Esta vez por su pueblo al que tanto echaba de menos y al que tanto quiere. Y a pesar de los sinsabores, rencillas y envidias que genera la política municipal, le veo feliz sirviendo a su pueblo desinteresadamente. 
Hoy por la calle, muchos le dirán: "Felicidades, Lenteja", "Felicidades, Felisín" o "Felicidades, alcalde". Yo le diré: "Felicidades, papá" mientras murmuraré un silencioso "gracias".

domingo, 18 de marzo de 2018

Libreros

Pasión y resistencia. Con estas dos palabras, mencionadas en el Congreso de CEGAL celebrado en Sevilla la semana pasada, resumiría el oficio de librero. No del librero que se limita a despachar libros -que también, porque no olvidemos que ellos también tienen que comer-, sino del librero de vocación, de esas mujeres y de esos hombres que aman los libros y que los ponen a nuestra disposición en sus queridas librerías. 
Fue delicioso presenciar el intercambio de esta pasión, la cordialidad existente en el gremio y las ansias que manifestaron de mejorar. La semana pasada, libreros de toda España, se abrazaron y tras llorar brevemente sus penas, contribuyeron a crear nuevas vías de ventas y se fueron de la capital hispalense con los ánimos renovados. Mucho tuvo que ver la charla con la que se clausuró el congreso entre dos viejos libreros, Paco Puche y Alfonso Guerra, magistralmente dirigida por Guillermo Busutil. Ellos fueron el mejor ejemplo de que los libros nos proporcionan una sabiduría imposible de alcanzar por ningún otro medio. La sabiduría lleva a la inteligencia, la inteligencia al sentido del humor y el sentido del humor a la mejor manera de afrontar la vida. Y, en definitiva, de sentirnos en paz con nosotros mismos.
Como escritor, quise estar presente en ese congreso para conocer de primera mano los problemas de aquellos que venden mis libros. Al margen de las conclusiones que sacaran ellos como profesionales, yo saqué las mías. Los libreros adoran los long-sellers, aquellos libros que el público sigue buscando con el paso de los años. También que están decididos a que sus librerías sean espacios más abiertos, lugares en los que niños y mayores disfruten con solo entrar. 
Me resulta interesante la búsqueda de nuevas fórmulas que potencien el ocio de los lectores. A mi juicio el modelo actual de presentaciones es obsoleto y aburrido. Acudir a la presentación de un libro acarrea una especie de obligación similar a la de asistir a la de un funeral. 
Me atrajo especialmente el compromiso que nació entre libreros, editores y medios de comunicación de ponerse de acuerdo en prescribir libros; en que los editores no traten de colocar el thriller del año cada semana y en que la prensa acerque a sus lectores los títulos más atractivos. 
Y todo ello de la mano de los libreros, que ahí están, muy cerca de nosotros, gracias a su pasión y a su resistencia.

domingo, 4 de marzo de 2018

¿Es postureo?


Hay muchas maneras de usar las redes sociales, y todas me parecen respetables. La que más me llama la atención es Facebook, quizás porque a la gente joven le parece viejuna y se inclina mucho más por Instagram.
En Facebook te puedes encontrar a quienes lo usan como un diario para contarle al mundo lo triste de su vida, mostrando sus miserias sin pudor. También hay quienes ven, quizás erróneamente, en esta red un modo de promocionar su trabajo o de exhibir sus logros. Los hay que escriben para hacer reivindicaciones o manifestarse política o socialmente. Y nos podemos topar incluso con personas que se comunican con sus amigos. 
Después de pasearme durante el tiempo suficiente por esta red, he llegado a la conclusión personal de que la mayoría lo usa como mero entretenimiento a modo de un Hola en una peluquería. Por eso no quiere leer desgracias ni textos que le hagan torcer el gesto.
Es indudable que todos estamos rodeados de sombras; de problemas económicos, sentimentales o de salud, que nos parecen importantes por ser nuestros. Pero a la mayoría de los "amigos" que nos leen no les interesan porque tienen los suyos propios, posiblemente a veces hasta más graves.
Por eso, yo procuro apartar mis muchas sombras cuando asomo por Facebook. No es postureo. Es ponerle al tiempo -aunque sea malo- buena cara, porque quienes me quieren, prefieren verme con una sonrisa. Brindo por vosotras... y por vosotros.

domingo, 18 de febrero de 2018

Negativos... o positivos

En otras circunstancias estaría desolado. Claro que aún no he asimilado si lo estoy. Sabía que los ratones pueden colarse por cualquier hueco y llegar a los sitios más protegidos. Lo que ignoraba es que los negativos son un manjar para ellos. 
Ahora ya lo sé, aunque es tarde. Acabo de descubrir que han devorado mi trabajos fotográficos en blanco y negro de veinte años. Algunos encargados en laboratorios profesionales, si bien casi todos los revelé yo mismo en mi cuarto oscuro.
Pensaré si intentaré salvar algo, con el riesgo emocional que ello conllevaría de ir viendo cada pérdida o si directamente tiraré la caja sin buscar nada en ella.
Siempre planeaba que debía seleccionar las mejores fotos para exponerlas o publicarlas en un libro. También dudaba sobre su destino el día que yo faltara. Ahora tengo un vacío extraño de explicar, pero una preocupación menos.

domingo, 4 de febrero de 2018

Una parada en el camino

No es lo mismo ser turista que viajero. Hago esta reflexión desde el pueblo de mis padres, donde ahora paso largas temporadas. Para los que no lo tenemos como destino, Villalpando es un mero lugar de paso, y más para los asturianos que van a Madrid en autobús ya que es su parada en mitad del camino. Incluso, para Manuel Astur, uno de los buenos escritores de este país, Villalpando es una especie de purgatorio; claro que solo conoce la estación de autobuses en medio de una extensa llanura, de una Tierra de Campos en la que los cielos renuevan su vestuario cada día.
Por la autovía junto a Villalpando transitan cada día miles de vehículos. Y más en los puentes o vacaciones, cuando los conductores se dirigen a Asturias o a Galicia. La mayoría mira el letrero como uno más a lo largo de su ruta. Algunos pasamos decenas de veces por un lugar sin que nos hayamos ni siquiera planteado conocerlo. La prisa por llegar a nuestro destino nos impide disfrutar del camino.
Apenas hay que desviarse para entrar en Villalpando, una villa forjada por la historia que conserva dos puertas de la antigua muralla (una especialmente portentosa) y una de las plazas porticadas más bellas de Castilla, amén de varias iglesias del siglo XII.
Pero no es solo por sus monumentos por lo que yo invito a detenerse en Villalpando. Es por los pequeños detalles que solo se pueden disfrutar en los pueblos. Comprar pan en sus panaderías tradicionales o los típicos feos de almendra en la confitería de la plaza, arreglarse la barba donde Chico, adquirir alguno de sus afamados quesos de oveja o su incomparable embutido en cualquiera de las carnicerías, disfrutar del spa en la Posada de los Condestables, conseguir miel en la antiquísima tienda de Juanito o hacer la ruta de vinos por unos bares regidos por magníficos profesionales que cuidan mucho su cocina y de sus clientes; no en vano el corto de cerveza con tapa cuesta un euro.
Confío en que la próxima vez que ustedes pasen por Villalpando duden antes de mantener el pie en el acelerador. Estoy seguro de que la parada valdrá la pena y, de algún modo, pasarán a ser viajeros en una villa donde serán muy bienvenidos.
Y si su ruta frecuente no pasa por la A-6, puede que tengan "otro Villalpando" en su camino, un lugar en el que siempre han pensado en parar y nunca lo han hecho. Están a tiempo.

jueves, 1 de febrero de 2018

Luna azul


Me cuesta creer en las señales y, sin embargo, estas se empeñan en provocarme, burlonas.
Mi primer amor tenía -y tiene- unos increíbles ojos azules. Aquella chica y yo tuvimos que separarnos en nuestra adolescencia y ella me escribía poemas, "palabras de amor, sencillas y tiernas" porque "a los quince años no se saben más" (gracias, Serrat).
Uno de ellos estaba dedicado a la luna y venía a decir que, por muy lejos que estuviéramos, veíamos su idéntico fulgor.
Anoche, la última de enero, hubo luna llena como cuando murió mi madre. Y además fue azul, el color de unos ojos maravillosos que no se me van del pensamiento.

domingo, 28 de enero de 2018

Me confieso culpable

Me confieso culpable. Soy culpable porque he perdido la inocencia como lector. Ya no me abandono a cualquier historia como antes. Ahora empiezo cada libro con una reticencia de la que carecía. Me da igual quién lo haya escrito. Enseguida me asalta la falta de estilo, los excesos de “había”, una mala construcción o la reiteración de frases comparativas… como si para escribir con dignidad hubiese que abusar de los “como”, como si fuese imprescindible enlazar una metáfora ingeniosa con otra, como si –acordándome de las sinopsis de Ángel Sanchidrián-  los “como” fueran lo que dieran calidad a la novela.
Reconozco que también tengo mis manías, algunas indefendibles. Me llevan los demonios cuando leo algunas palabras que parecen imprescindibles en una novela. Y confieso que yo también las he usado alguna vez. No diré cuáles son para que nadie se sienta ofendido. A modo de ejemplo, solo una. No me gusta “azulado”. Pero insisto en que esta es una manía personal.
Luego está el asunto de los autores. En los últimos años he tenido la suerte de conocer a muchos. Y aquí me resulta imposible desprenderme de las antipatías que unos pocos me han generado. Alguna vez intenté empezar a leer alguno de sus libros, pero me venía a la cabeza su engreimiento o su vanidad y no podía avanzar, así que ya no lo intento.
En cambio, sí me acerco a los libros de mis amigos, escritos con mayor o menor fortuna. Eso sí, no suelo comentar mis impresiones en público ni en privado. Si me gusta el estilo, sigo comprando. Si no, no.
Ahora que tengo más tiempo, calculo que leo seis novelas al mes, además de los libros que necesito para la documentación de las mías. Eso quiere decir que no he desistido, que de vez en cuando me llegan historias que me atraen. Confieso de nuevo que más por el estilo que por la trama.
Ya no hablo de aquellos escritores que fueron mis ídolos de juventud y ahora leo sus últimas creaciones con cierta añoranza. Ignoro si es que ya se encuentran cansados o es que mi actitud tampoco los ha respetado.
Me confieso culpable, bien que me pesa. Antes mi imaginación viajaba libre con cualquier lectura, y ahora se encuentra lastrada por mi falta de inocencia. Lo peor es que creo que ya no tiene remedio. 

martes, 23 de enero de 2018

La ciudad de los ojos grises

Para mí Bilbao es el trinar de los pájaros en los Jardines de Albia, un bollo de mantequilla devorado en plena calle, un beso robado en un fosterito, unos marianitos en Plaza Nueva, una partida de mus en una taberna, unos fuegos artificiales sobre la ría, las casetas de libros en el Arenal, unos zuritos en Ledesma, las tonalidades del Guggenheim, un gol del Athletic en San Mamés, un pintxo moruno en el Iruña, las calzadas de Mallona, un café cómplice, sus reflejos al anochecer, el señorío intemporal del teatro Arriaga, un jersey a los hombros, un suspiro sobre un puente, la alegría de una cuadrilla, el legado de Unamuno, la elegancia de la Gran Vía, el verdor de los montes que la rodean… pero sobre todo, para mí Bilbao es la ciudad de los ojos grises, de unos preciosos e inolvidables ojos grises.

martes, 16 de enero de 2018

Cuando los piratas son...

Escribo esta entrada mientras como una hamburguesa en un local donde suena música de los 80' con el mar aún en mi retina.
Hace tiempo que solo puedo observar el paisaje con un solo ojo, pero a cambio he aprendido a mirar. Quizás por eso me siento un poco pirata, en concreto como el de la canción de Serrat.
Cualquier día rompo promesas con mis hermanos de ayer y huyo rumbo a un puerto que aún no haya puesto precio a mi cabeza en busca de una piel que huela a jazmines.

domingo, 7 de enero de 2018

La soledad elegida

   Hoy he vuelto a pasear bajo la lluvia en una playa. A pesar de no llevar paraguas, me ha invadido un extraño estado de confortabilidad. Parecía estar más al calor de un hogar que sometido al viento del norte. Aunque a mi alrededor apenas había nadie, no estaba solo. Venían conmigo personas que nunca volveré a ver; a cambio me han acompañado otras a quien nunca he visto pero lo haré. Y es que en las soledades elegidas uno nunca se encuentra vacío, por mucho que le invada la nostalgia.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Ser escritor


   Es frecuente que me pregunten por qué me gusta escribir y también cuándo decidí ser escritor. Lo cierto es que me cuesta responder a algo tan sencillo en apariencia. Hasta hace once años ni siquiera me planteé que pudiera contar una historia de más de quince páginas con un mínimo de coherencia. 
   Creo que no fue hasta obtener el Premio Ateneo de Novela de Sevilla con mi cuarta novela, que me atreví a llamarme escritor. Por eso me causa cierta ternura ver la cantidad de aspirantes que son capaces de creerse escritores por el mero hecho de haber contado alguna historia con mayor o menor fortuna. Para mí, autores hay muchos pero escritores pocos.
    Un escritor ha de ser capaz de llegar al lector, de que este sienta la novela como propia. Un escritor ha de transmitir emociones de modo que el lector se identifique con lo que lee. Un escritor ha de ser consciente de que su obra deja de ser suya en cuanto se publica para pasar a pertenecer a sus lectores. Y todo eso ha de hacerlo con su propio estilo, sin pretender agradar de forma impostada, con algo que le sale desde lo más profundo porque es innato, trascendiendo de la técnica.
    Un escritor ha de ser lector y viajero. Si no se vive no se puede escribir. Es necesario acumular experiencias, sensaciones y emociones para poder contarlas, para que al evocarlas ante una hoja de papel en blanco fluyan de manera natural.
   La frase no es mía, aunque bien podría serlo: "Ser escritor está fenómeno, escribir es más jodido". Yo no siento esa necesidad vital de escribir a diario, aunque sí la tengo de beberme la vida, de madurar durante meses una novela hasta que decido plasmarla con palabras en un proceso repleto de dudas, de miedos, de inseguridades que espero nunca deje de provocarme vértigo. 
    ¿Y qué me ha pasado después? Que, por suerte, he ido acumulando lectores, personas que se acercan a la librería para comprar el último de Modroño. Y, por eso, necesito que perdure en mí ese vértigo, esa insatisfacción con lo que hago, ese nivel de autoexigencia que llega a obsesionarme. Podré no gustar pero nunca defraudar. Y me encantaría poder llamar a todos mis lectores por su nombre, intercambiar unas palabras sobre su vida y conocer su pequeña o gran historia personal.
   Cuando a uno le llega la liquidación con sus derechos de autor, a lo mejor no es consciente de lo que hay detrás de la compra de cada libro o de su posterior lectura, pero yo procuro no olvidar lo que mis lectores me han contado. Algunas historias serían merecedoras de una novela por sí mismas como la de la chica que leyó "La ciudad de los ojos grises" a su padre, que acababa de quedarse ciego; o como la de la maestra que se refugió en mis letras para tratar de superar la muerte de su hijo; o como la de un bilbaíno que me dijo que su madre falleció dejándose "Secretos del Arenal" en la mesilla; o como la de un villalpandino residente en Bilbao que, a pesar del agotamiento tras su sesión de quimioterapia, acudió a mi última firma con la ilusión de darme un abrazo. 
   Quizás ahora sea más fácil entender por qué sonrío feliz cada vez que alguien se acerca para que le dedique uno de mis libros... y por qué me encanta sentirme escritor.

lunes, 18 de diciembre de 2017

Una fecha

Hay una fecha que queda fijada en nuestra tristeza; una fecha a las que volvemos sin remedio, a veces de forma inconsciente; una fecha que nos aguijonea las entrañas ante cualquier situación; una fecha latente que aflora de forma caprichosa y nos acongoja súbitamente.
No necesitamos un almanaque para recordarla. Sin embargo, en mi casa el calendario sigue donde ella lo colgó, sin que nadie se haya atrevido a pasar la hoja del mes en el que ella nos dejó.
Esa fecha no es otra que el día en que fallece una madre. La fecha en que dejamos de vivirla y comenzamos a sentirla de un modo diferente. A partir de ahí notamos su presencia tan dentro de nosotros que nos resulta increíble que solo volvamos a verla en sueños.
A partir de esa fecha nos convertimos en ella. Convivimos con la evocación de su dulzura, tomamos como nuestros sus consejos o simplemente la lloramos en silencio. Pero de ninguna manera una madre desaparece. Su esencia se arraiga en lo más profundo de nuestro ser porque su alma se fusiona con la nuestra. Después de esa fecha ya no somos los mismos, nuestros sentimientos se intensifican, entendemos el significado de la nostalgia, algunas celebraciones dejan de tener sentido y nuestra propia vulnerabilidad nos fortalece.
También nos hacemos más egoístas. Nos guardamos su cariño para nosotros, como un tesoro escondido en el mapa de nuestra soledad. Es cierto que a veces lloramos a solas su ausencia, pero al final prevalece la sonrisa dibujada por su recuerdo.
Y es que el amor de una madre nunca muere. 

domingo, 26 de noviembre de 2017

Tolerancia cero

Al envejecer a uno se le agudizan las manías. Y si antes me fastidiaba la mala educación, ahora directamente no la soporto. Es curioso cómo uno se vuelve más tolerante en algunas cosas y más intransigente en otras.
Con los años he aprendido a respetar cualquier idea sobre la política, sobre el amor o sobre el modo de vivir. Sin embargo, cada vez me soliviantan más los fanatismos, las corruptelas cotidianas o la incultura.
Nuestro sistema educativo dista mucho de ser el adecuado. Si no, no se entiende que cada vez haya menos comprensión lectora o que no haya desaparecido el machismo entre los jóvenes. Y sí, sí se trata de buscar culpables. Porque somos todos. Cierto es que las leyes orgánicas democráticas de educación han fracasado una tras otra, pero también lo es que en nuestro ámbito individual miramos hacia otro lado cuando nos topamos con conductas reprobables por miedo a ser señalados o simplemente por evitar problemas.
Por eso, si queremos erradicar la violencia contra la mujer, solo cabe evidenciar nuestra más absoluto desprecio contra cualquier tipo de manifestación machista, por nimia o ingenua que pueda parecer, de esas cotidianas que proliferan a nuestro alrededor. 
Ante el machismo, tolerancia cero. 

domingo, 19 de noviembre de 2017

Mi dedicatoria favorita



 Hace cuatro dejé de escribir en este blog y hoy he decidido regresar. Podría ser un día cualquiera, pero no lo es para mí. Un diecinueve de noviembre nació mi única hija y es una fecha especial, en la que echo la vista atrás y me doy cuenta de todo el tiempo que ha pasado desde que Ana llegó para quererme, de un modo cada vez más cómplice. No en vano, cumple ya veintidós años.
            Para mi vuelta he elegido la foto de mi dedicatoria preferida. Como ya he comentado en alguna ocasión, las letras de las canciones de Luis Eduardo Aute son parte de mi formación como escritor, al igual que las de Serrat o Los Secretos. Porque mi adolescencia no vino marcada solo por los libros. También por las melodías cuyo contenido se me quedaba impregnado. Para mí las letras de las canciones de Aute no son poemas, sino estremecimientos del alma.
            Si miro el reloj y son la cuatro y diez, siento la necesidad de darme prisa; nunca quiero que me abandonen al alba sin dejar un poro intacto en la batalla; me encantaría organizarme entre tres mientras me quemo por dentro; y pienso que es terriblemente absurdo estar vivo sin un latido cuando se necesitan dos o tres segundos de ternura. Por eso, si alguna vez me pierdo, buscadme en Albanta… donde es eterna la infancia.
           


martes, 19 de noviembre de 2013

Mi última entrada

19 de noviembre de 2013. Podría ser un día como otro cualquiera, pero no lo es. Han pasado más de cinco años desde que me abrí este blog y precisamente hoy he decidido escribir esta última entrada, después de 333 anteriores. No deja de resultarme curioso porque nací un día 3.
Reconozco que no he sido un bloguero muy disciplinado y, sin embargo, he sido multidisciplinar. En este blog han ido apareciendo fotografías a las que tenía un cariño especial, pequeñas reflexiones cotidianas, comentarios sobre mis novelas e incluso algún que otro retazo de mi intimidad.
Hoy quiero agradecer su paciencia y su fidelidad a todos aquellos que me han seguido. Espero que continúen leyéndome a través de mis novelas.
Aquí cada vez me cuesta más contar historias en esas fotografías que he ido mostrándoles. Se quedan muchas en el cajón. La que no quería que se quedara es esta con la que concluye la andadura de este blog. Ana entonces era muy pequeña y estaba recién levantada mientas la luz de la mañana iluminaba su rostro. Pero el detalle de la foto que más me gusta es el de verme reflejado en sus ojos.
Hoy cumple 18 de años y aunque legalmente ya es mayor de edad, para su padre siempre seguirá siendo una niña.