domingo, 12 de agosto de 2012

Villalpando y mis lecturas

Villalpando ha tenido mucho que ver con mi pasión por la lectura y, como consecuencia, por la escritura. Y es que, de niño, pasaba los veranos enteros en el pueblo de mis padres. Ellos fueron, al fin y al cabo, los que primero me iniciaron en el maravilloso mundo de los libros. 
Cuando era pequeño, aunque cueste creerlo ahora, era bastante enclenque e inapetente. Por eso, los veranos los pasaba en Villalpando con mis abuelos con la idea de que los aires del pueblo me abrieran el apetito. Curiosamente me gustaba la lechuga y recuerdo que mi abuela me escondía los trocitos de carne envueltos en ella mientras me distraía mirando por la ventana cómo pasaban los camiones por la carretera de La Coruña y mi tía Inés me enseñaba a leer las matrículas. 
Las anginas me atacaban con fiereza y enfermaba con facilidad. Lo mejor de aquellos días en cama era que mi padre se presentaba con algún tebeo o con algún libro. Primero fueron los Zipi y Zape, Mortadelo y Filemón. los vecinos del número 13 de la Rue del Percebe, Carpanta... poco después, El Capitán Trueno. Los primeros libros sin dibujos que recuerdo haber leído tenían que ver con los misterios que debían resolver los Hollister. Mi adolescencia estuvo plagada de aventuras que corrí de la pluma de Salgari, de Julio Verne, después de Agatha Christie… a todos ellos los descubrí en la biblioteca de Villalpando durante las vacaciones estivales.
También aquí me sumergí en el mundo lejano y fantástico de los monjes tibetanos recreado por Lobsang Rampa de la mano de mi amigo Carlos Arranz, antes incluso de que nos empezara a gustar las chicas. Tuve la suerte de conocerle a él y a Jesús Seoane en esa edad en que se forjan los caracteres y las personalidades. 
Y mientras otros andaban con toras en la plaza, nosotros éramos unos chavales raros que a punto estuvimos de saltarnos nuestra adolescencia de no ser por que en aquel verano del 79 nos enamoramos de la misma chica... los tres. Pero esa es otra historia... o quizás sea la misma.
Si echo la vista atrás, vuelvo a verme en la rebotica de doña Elvira jugando a las cartas con ellos, escuchando música de Led Zeppelin o de Supertramp, mientras hablábamos de libros o de algunas de las chicas que nos gustaban y a las que no nos atrevíamos a acercarnos. Recuerdo las chanzas ingeniosas de Jesús y las risotadas abiertas y francas de Carlos.  
Son tantos los recuerdos de entonces en Villalpando que me resulta muy complicado ordenarlos. Pensaba en las lecturas y, sin embargo, mi mente trata de rebelarse. Cada vez, me cuesta más dominarla.
Un año me escayolaron un pie por un esguince en el tobillo y tuve que sustituir mis tardes en el polideportivo, jugando al baloncesto, por la trilogía de El señor de los anillos que también saqué de la biblioteca. Y también me viene a la memoria una noche de tormenta en la que los ruidos de los cristales de la vieja casa de la abuela Chon me tuvieron en vela mientras devoraba las páginas de Los renglones torcidos de Dios. 
Desde que publicara Villalpando, paisajes y rincones, un librito con fotos realizadas con más esmero que fortuna, el pueblo de Villalpando ha acogido mis obras con todo su cariño. Y me consta que algunos de sus habitantes, algunos octogenarios, no han leído otras novelas que las mías. Así que, entenderán que es un motivo más para estarle agradecido. Por eso, quiero dejar hoy por aquí algunas estampas poco convencionales de nuestro querido Villalpando.

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