
El miércoles pasado, aprovechando que tenía una reunión de trabajo en Madrid, decidí madrugar para tomar el AVE, de modo que me diera tiempo de ver el Museo del Ferrocarril de las Delicias. Lo cierto es que me entraron ganas de conocerlo a raíz de que mi amigo Andrés Pérez Domínguez contara su visita en su blog.

Cualquiera que escriba una novela en la que aparezcan trenes, debería de pasarse por allí. En realidad, todo el mundo debería pasarse por allí. Los trenes antiguos tienen ese punto de nostalgia que nos asalta a todos los que, de jóvenes, viajábamos en tren y nos cruzábamos España en jornadas interminables. No digo ya nada de los que conocieron las locomotoras de vapor.

A pesar de tener poco tiempo y de que la estación estaba tomada por grupos de niños y de jubilados, pude realizar algunas fotos que me servirán para dar alguna que otra pincelada a mi novela. Ya se sabe que las novelas se publican para dejar de corregirse.

Tras la reunión, por la tarde, regresé andando a Atocha, no sin antes detenerme en el Gijón. Este viejo café es muy especial para mí y, en cada viaje a Madrid, procuro pasar unos minutos en él. Hace años, en mis primeras visitas, fabulaba con que algún día me sentaría en una de esas mesas reservadas para los artistas tertulianos.

La otra tarde, como tantas otras, una de esas mesas estaba ocupada por Antonio Granados Valdés. Estaba solo. Faltaban José Luis Coll, Manuel Alexandre… y tantos otros compañeros que yo vi sentados con él en otros tiempos, herederos a su vez de Cela, Jardiel Poncela, Lorca, Pérez Galdós, Ramón y Cajal, Valle-Inclán… Antonio Granados es el último tertuliano del Gijón. Por eso, estaba solo; con la única compañía de un vetusto transistor que tenía pegado a la oreja.

Antonio tomaba una infusión y tuve el impulso de decirle al camarero que quería invitarle. Al enterarse, el veterano bohemio, me pidió que me acercara y que me sentara con él, allí, en el Gijón, justo al lado de la placa que recuerda el
Rincón de los Poetas, en una de esas mesas reservadas. Es difícil explicar las sensaciones que me invadieron o, tal vez, no quiera hacerlo y me las reserve para alguno de mis próximos personajes. Sólo diré que la sonrisa de mis labios, iba dirigida para mí mismo.