jueves, 5 de enero de 2012

La dama de Skye

Mi regalo de Reyes es este relato que escribí hace poco para Literatura y realidad de la Asociación de Escritores de Euskadi y que espero que lo disfruten. Por motivos que él y yo conocemos, se lo dedico a mi amigo Fernando Cartón.
Desde que su novia le abandonara, casi un año atrás, su vida distaba mucho de ser ordenada. Las noches en las que no se emborrachaba, encendía el ordenador y navegaba sin rumbo por internet hasta que, hastiado, desembocaba en aquel chat repleto de treintañeras desesperadas que buscaban a su príncipe azul en un nido de salidos.
Cada día adoptaba un nick diferente, intercambiaba conversaciones con chicas a las que contaba lo que ellas querían oír y, cuando el sueño le vencía, ya de madrugada, se dejaba caer en la cama, arrepentido por aquella absurdidad que le empujaba a acostarse tan tarde. Aun así, la historia se repetía casi a diario… como si la pantalla y el teclado pudieran sosegar aquella ansiedad engendrada por la soledad y el abatimiento.
De vez en cuando, miraba de reojo a su librería, casi avergonzado. Él, que había sido un lector voraz en su juventud, hacía años que no leía un libro. Pulsar el botón de su portátil se había convertido en un acto tan reflejo que alargar el brazo hacia cualquiera de los anaqueles de su estantería le parecía una rebelión contra su propio instinto.
Hasta que una noche, mientras chateaba, una tormenta interrumpió el suministro eléctrico de su casa. La batería de su viejo ordenador también claudicó poco después, sin que le diera tiempo a despedirse de casada-35. La oscuridad le obligó a levantarse en busca de alguna vela. Recordó que las escondía en la estantería, tras los libros. La luz de su teléfono móvil le guio hasta ellas. Al prender el pabilo de la más grande, se iluminó el título de una novela: La dama de Skye. Su madre se la acababa de regalar por su cumpleaños porque el personaje protagonista llevaba su mismo nombre: Martín.
Sus dedos acariciaron el lomo para extraer el libro con el mismo recelo del amante dispuesto a desnudar a una mujer por primera vez. Colocó la vela dentro de un vaso, se sentó en su escritorio y abrió el volumen dispuesto a leer unas cuantas páginas. Sin embargo, la historia de aquel caballero castellano del siglo XIII, le atrapó enseguida y no fue capaz de soltarla, ni siquiera cuando regresó la luz, iluminando su despacho. Es más, aprovechó el momento para ir al baño y apagar el interruptor. Se encontraba tan imbuido en aquella aventura medieval que prefirió terminarla sin luz artificial. 
Con el fin de la noche, llegó también el de la lectura de la última página. Martín se acostó reconfortado por primera vez desde hacía mucho, mucho tiempo. En su duermevela, se colaron los amores de su tocayo con Isla, la dama de Skye, una preciosa joven del clan escocés de los MacLeod que habitaba en el castillo de Dunvegan, hasta donde llegó en uno de sus viajes, tras combatir en las cruzadas.
Cuando al día siguiente regresó a casa, después del trabajo, encendió el ordenador; pero esta vez lo hizo para indagar si Isla había existido en realidad o simplemente la había creado la autora de la novela. Las horas pasaron sin que Martín fuese capaz de hallar ninguna pista al respecto. Y antes de acostarse, repasó el capítulo en el que se describía a la muchacha.
Aquella noche, Isla se coló de lleno en sus sueños. Ambos paseaban bordeando el lago de Dunvegan. Al llegar a un pequeño pinar, ella se soltaba la trenza y se agitaba su melena pelirroja mientras sus ojos azules se clavaban en los labios de él. Parapetados por la niebla, Martín le acariciaba la mancha de nacimiento que tenía en el cuello, bajo la oreja, y la besaba con tal pasión que se despertó jadeando.
Martín soñaba con Isla casi todas las noches. Por las mañanas, lo primero que hacía era tocar con suavidad la novela que ya descansaba, sin disimulo, sobre su mesilla. Y es que, sin saber cómo, se había enamorado del personaje de una novela.
Desde entonces, se fijaba en todas las chicas pelirrojas con las que se cruzaba… pero ninguna tenía la belleza delicada de Isla. Hasta se le pasó por la cabeza tratar de ponerse en contacto con la autora del libro para averiguar si se había inspirado en alguien real a la hora de crear el personaje.
Su obsesión llegó a tal extremo que, aquellas vacaciones, decidió viajar hasta Escocia para conocer la isla de Skye. A pesar de no haber estado nunca antes allí, se sintió como en casa. Quizás fuese por las lecturas del libro, pero lo cierto es que tenía la sensación de conocer cada uno de los parajes. Incluso, se movía con desenvoltura dentro del castillo de Dunvegan. Se estremeció al pensar que quizás le regresaban los recuerdos de una vida anterior… cuando él jamás, hasta entonces, había creído en la reencarnación ni en nada parecido.
Aquella semana no sirvió más que para alimentar su delirio. Sentado junto al lago, releía La dama de Skye mientras miraba de vez en cuando hacia las ventanas del castillo por si a Isla se le ocurriese asomarse.
Subió la escalera del avión de regreso completamente aturdido, como si cuanto le acontecía formase parte de los sueños que le venían acompañando… como si él mismo se encontrase protagonizando una ficción y, en realidad, aquello no estuviese ocurriendo más que entre las páginas de una novela.
Al despegar el avión, pudo contemplar con claridad el halo de niebla que envolvía a la isla de Skye y una lágrima traicionera resbaló sobre su mejilla al tiempo que acariciaba su inseparable novela.
            -¿Se encuentra usted bien? ¡Qué casualidad! Lleva usted un libro escrito por una amiga. ¿Ya lo ha leído?
Martín giró la cabeza hacia el pasillo, tratando de enjugarse disimuladamente el rostro. La azafata le sonreía con dulzura. Él se fijó en su preciosa melena rojiza, en sus profundos ojos azules y en la mancha de nacimiento bajo la oreja.
La estupefacción le impidió musitar palabra alguna y asintió con la cabeza.
-Entonces, quizás hasta sepa cómo me llamo –coqueteó ella, cubriendo con la mano la placa que indicaba su nombre.
            -Isla, Isla MacLeod...

12 comentarios:

Anónimo dijo...

Preciosa historia, seguro que a nuestro amigo Varo le habra hecho mucha ilusión. Es lo más grande que pueden regalarte, el resultado de una gran imaginación echa relato.
Yo conozco a muchas personas protagonistas de la primera parte de tu historia, ninguna de la segunda parte, aunque en una noche tan magica como esta , todo puede hacerse realidad.
Feliz noche de Reyes.

Anónimo dijo...

Amigo Félix: Gracias por tu excelente regalo de Reyes y enhorabuena por tan magnífico relato. Ese aparente encuentro entre la realidad y la ficción, ese entrecruzarse de mundos condenados a la separación eterna por principio, resulta muy unamuniano ahora que se celebra el septuagésimo quinto aniversario de su muerte y, además, me recuerda excelsos relatos como Continuidad de los parques de Cortázar. Si me lo autorizas, analizaré la narración con mis alumnos de Bachillerato y te cuento. Te reitero la felicitación. Un abrazo. Luciano.

Félix G. Modroño dijo...

Gracias, anónimo.
Una cosa buena de escribir es tener la oportunidad de crear mundos donde otros pueden sumergirse.
Un afectuoso saludo.

Félix G. Modroño dijo...

Amigo Luciano:
ante uno de los halagos más bonitos que me han hecho como escritor, sólo puedo decir una cosa: gracias, de corazón.
Por correo electrónico, te envío el relato. Será un placer y un honor que lo uses en tus clases.
Un fuerte abrazo.

Varo dijo...

Una historia preciosa que me llega muy dentro, ya sabes por qué.
Sólo tú podrías haberla escrito.
Muchas gracias por la dedicatoria, amigo.
Fernando Cartón.

Grainne MacLeod dijo...

Leyendo vuestro relato me han venido a la memoria mis días en Skye y, creedme, me he emocionado. Quizás porque vos sois, caballero, mitad vizcaíno,mitad castellano, Dios os ha dotado de un especial don, el don de los que llegan al rincón más profundo del alma.
Que vuestra pluma y vuestro ingenio sigan siendo por siempre ágiles.
Grainne MacLeod
Señora de Dunvengan y Condesa de Saltella.

Félix G. Modroño dijo...

Y es que algo aprendí de tu primera novela. Ya hablaremos al respecto.
Un abrazo, Fenando.

Félix G. Modroño dijo...

Y en cuanto a vos, Grainne, deciros que vuestra amabilidad abruma a este humilde trovador.
Que Dios os guarde, señora.

Begoña dijo...

Bendito momento el de aquella tormenta y qué don maravilloso tienes para la escritura. Enhorabuena!

Caser dijo...

Siempre la primera.

Anónimo dijo...

Llego a este relato con cinco años de retraso, o quizá no... Me ha encantado. No me salen más publicaciones, no las hay?

sientete admirable dijo...

Preciosa ...historias que acarician el alma.