
El hecho es que el examen era oral y público. Uno, por aquel entonces, no estaba acostumbrado a ese tipo de tensiones y andaba más nervioso que Marco en Sorpresa, Sorpresa.
Cuando ella pronunció mis apellidos, las piernas me temblaban. Ella era una jovencísima Araceli Mangas, con la cátedra recién obtenida. Ahora es una autoridad en Derecho Internacional pero a mí, en aquel momento, ya me daba pánico.
La cosa empezó regular. Sin embargo, Araceli estuvo comprensiva y amable (incluso me daba pistas cuando me atrancaba), por lo que poco a poco me fui creciendo… hasta que llega esa pregunta de la que nunca olvidaré su respuesta, y menos en un día como hoy.
¿Cómo se llama el régimen que permite a los barcos de los estados navegar por el mar territorial de otros?, me soltó.
Toma ya. Ni puñetera idea. Me quedo callado, haciendo como que estoy pensando en espera de una nueva pista. Araceli me dice: paso, pasooo… Mecachis, si el que pasa palabra era yo. Y repito como un papagayo: paso, pasooo. Nada. Que no lo sabía. No sé por qué, se me vino a la cabeza el chiste del profesor que le pregunta al alumno por la obra más importante de Dante y como el muchacho no lo sabe, el profesor intenta ayudarle: La di…, La divi…, La divina… y el alumno salta: ¡Que no! ¡Que no la adivino, coño!Entonces Araceli inquiere: ¿qué son los niños? Vaya, Félix (me digo). Otra pregunta que se las trae. Y esta, ¿dónde coño venía?
Como no podía fallar dos seguidas, uno que tiene un poco de imaginación y mucho rollo, le largo: los niños son unos sujetos especialmente protegidos por el Derecho Internacional… Y Araceli me interrumpe, conteniéndose la risa: ¡Inocentes! Los niños son inocentes. ¡La respuesta es paso inocente!
Ahora sí que has metido la pata, Felixín. Ya puedes ir recogiendo la papeleta con el suspenso, pensé. El examen terminó ahí. No sé si porque era la última pregunta o porque Araceli estaba tan desternillada que no podía continuar.
El hecho es que salí del aula con la única esperanza de que el tono de nuestra conversación de besugos hubiera sido lo suficientemente bajo como para que ninguno de los asistentes se hubiera enterado. Una de las chicas monas que siempre se sentaban en la primera fila, me sonrió por primera vez en tres años, por lo que supuse que ella sí que lo había oído todo, así que mi vergüenza se acrecentó.
Y esa fue la historia que he traído hoy a colación, por si a alguien le provoca la misma sonrisa que a la chica de la primera fila.
Por cierto, Araceli me aprobó.