
Escribir una novela histórica (en el sentido más estricto de la palabra) lleva un laborioso trabajo que incluye la documentación. Desde que nace la idea en la cabeza del escritor hasta que el libro se distribuye por las librerías, pueden pasar de 2 a 3 años (y eso si se consigue publicar).
En ese período de tiempo, otro autor ha podido inspirarse en el mismo personaje y puede estar dedicándole otros dos años de su vida a una idea que, sin saberlo, no va a resultar demasiado original.
Siempre podrán argumentar que importa más cómo se escribe que lo que se escribe, pero no deja de ser una putada (con perdón, es que la palabra faena se me quedaba corta) que te pisen el personaje.
Quizás por ello, yo prefiero crear personajes de ficción, aunque me guste enmarcarles en su contexto histórico y relacionarlos con los que existieron de verdad.
Decía esto porque en el último año se han publicado cuatro novelas inspiradas en el personaje de Kristina de Noruega, una princesa que abandonó su país para casarse con don Felipe de Castilla, hermano de Alfonso X el Sabio, allá por 1257. Por cierto, Kristina moriría en Sevilla cuatro años después y está enterrada en Covarrubias.
Dado que cualquiera que escriba una novela, y más si lleva un arduo trabajo de documentación, merece todos los respetos, creo que es justo mencionarlas: Sol entre la bruma de María Jesús Montiel, La cúpula del mundo de Jesús Maeso de la Torre, Los escarpines de Kristina de Noruega de Cristina Sánchez-Andrade y La flor del norte de Espido Freire. También hay una obra de 2003 llamada Kristina, la flor de Noruega de Juan Arroyo Conde.
Eso sí: estoy seguro de que, todos y cada uno de ellos, han marcado su particular impronta en el personaje. Es lo bueno que tiene la ficción.