
Confieso que hace un tiempo me borré del mundo o, mejor dicho, el mundo se borró para mí. Harto de leer siempre las mismas noticias decidí abstraerme de la prensa. Para bien o para mal, aquello me duró un par de años.
Desde entonces, he vuelto a leer los periódicos a diario. Los leo con desgana: me lamento de las desgracias, me aburren los datos económicos y me horripilan las declaraciones de los políticos. Sin embargo, de vez en cuando, algún suceso me llama la atención.
Esta semana hemos podido seguir en directo la muerte de un montañero en el Annapurna. Gracias, o por culpa, de las nuevas tecnologías hemos conocido su agonía minuto a minuto y nos hemos enterado de que Tolo Calafat se despidió de su esposa y de su hijo pequeño en una conversación telefónica.
Poco antes, Edurne Pasaban y Oh Eun-Sun pugnaban con teles en directo por ser la primera mujer en coronar los 14
ochomiles. Lo cierto es que Corea se tomó el reto como un asunto de estado, máxime cuando una de sus súbditas, Go Min-Sun, también falleció en la montaña el año pasado descendiendo su undécimo
ochomil.No seré yo quien cuestione este tipo de duelos, si bien hasta ahora el único desafío de un montañero era el que establecía contra sí mismo y contra la naturaleza.
Lo que más me ha impactado de todo este tinglado ha sido el regreso, dos días después de haber desaparecido, de los dos sherpas que, jugándose la vida, acompañaron casi hasta el final a Tolo Calafat (mis condolencias para su familia). Pudieron ser rescatados, colgándose del cable de un helicóptero; pero prefirieron enfrentarse a la montaña que al vacío. A pesar de la nieve que les llegaba por la rodilla, de la ventisca, de treinta grados bajo cero, de aludes, y de paredes verticales de hielo estos dos tipos han aparecido exhaustos pero vivos.
Me ha resultado inevitable rememorar algunas de mis lecturas de adolescencia. Recuerdo que, sentado junto a la mesa de la cocina de Portugalete me tragué de una sentada
Viven (La tragedia de los Andes), uno de esos libros que te marcan, sobre todo si los lees con quince años. Y ese mismo verano, mi amigo Carlos Arranz me introdujo en la obra de Lobsang Rampa sobre los monjes tibetanos pero esa es otra historia.
Lo cierto es que, de vez en cuando, me alegra haber vuelto a saber lo que pasa en el mundo porque hay sucesos más novelescos que las propias novelas.