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martes, 24 de enero de 2012

La canción del mar

Las nubes quisieron prolongar su romance con la tierra y se resistían a abrirle el paso a las primeras luces del alba. Un extraño rumor procedente del norte arrullaba un puñado de sueños. Pelayo se incorporó de la cama para asomarse al diminuto ojo de buey. Al este, un ligero matiz en el cielo apenas discernía el día de la noche. Se mostró impaciente. Impaciente y fastidiado. Imposible distinguir nada unas varas más allá. Y sin embargo, estaba ahí mismo. Su melodía le delataba. Notas que brotaban apacibles para componer una canción eterna. La canción del mar.

La edición en bolsillo de Muerte dulce acaba de desembarcar en las librerías. Por eso, he querido mostrarles el mar que Pelayo contempló desde su ventana cuando acompañaba a don Fernando de Zúñiga en la búsqueda de un asesino relacionado con el juego del mus.

domingo, 3 de octubre de 2010

Los títulos de las novelas

Ignoro si al resto de mis colegas les ocurrirá lo mismo, pero yo tengo serias dificultades a la hora de elegir un título para mis novelas. Supongo que hay veces que el título nace antes que la propia novela y otras en que, a medida que la historia avanza, va surgiendo el título.
Quizás fuese porque mi primera experiencia resultó algo traumática en este sentido. Después de dos años teniendo claro desde el principio como se llamaría mi primera novela, cuando estaba a punto de publicarse lo hizo otra con un título parecido que además ganó un premio, con lo cuál la mía ya no se pudo llamar así. Encontrar un sustituto de emergencia no resultó fácil. Es como si, después de llamarle Pepe a tu hijo durante años tuvieras que cambiarle el nombre. Pongas el que le pongas, para ti siempre será Pepe. Y eso es lo que pasó con La sangre de los crucificados. Aún hoy, no me acabo de acostumbrar.
Distinto fue lo de Muerte dulce. La novela no podía tener otro nombre por el evidente juego de palabras que cualquier aficionado al mus reconocería enseguida.
Ahora ando cerca de terminar la tercera y de nuevo surgen las dudas porque ni tenía título al principio ni lo tengo aún ahora. Sin embargo, todavía no me he obsesionado con él (o eso creo). Bastante tengo con preocuparme en concluirla.
El hecho es que pretendo que la ciudad en la que se desarrolla tenga algún protagonismo en el título, pero sin mencionarla expresamente. Cuando llegue el momento, a lo mejor hasta les pido sugerencias. Esa ciudad es la que ustedes ven en la foto y llevo casi un año escribiendo sobre ella, lo que está provocando que la quiera más si cabe.

domingo, 24 de mayo de 2009

Artistas de papel

Mi tío, el escritor Agapito Modroño, cuenta en su libro Memorias de un torero una singular anécdota que aconteció en un hotel francés entre Picasso y Andrés Vázquez. Aquella tarde de 1962 en Arlés, acompañaban a Andrés en el cartel de la corrida Curro Romero y Antonio Ordóñez. Éste le indicó a su amigo, el torero de Villalpando, que en barrera había un pintor muy famoso, de cabeza redonda y ojos azules, y le aconsejó que le brindara un toro. Andrés así lo hizo y tras una buena faena le obsequió la oreja obtenida a ese viejo artista, que llevaba por nombre Picasso.
Más tarde, en el hotel, el genial pintor trazó en una cartulina un grabado que representaba a Andrés frente a un toro, y se lo regaló. El torero cuenta que el dibujo se asemejaba a los que él realizaba de niño en la pizarra y el maestro se los hacía borrar por ser pintarrajos. Así que creyó que aquel pintor con aspecto de guasón se estaba burlando de él, y rompió en varios trozos la cartulina ante la estupefacción de los presentes y el enojo de Picasso, que comenzó a blasfemar en francés.
Hace unos días, estuve a punto de hacer lo mismo con el autógrafo de una estrella televisiva.
Resulta que la asociación AD+ organizará próximamente un campeonato de mus a beneficio de la Fundación Numen, un colegio de educación especial para alumnos con parálisis cerebral, en el que tendré el gusto de participar. Beatriz Palop, alma mater de la organización, me comentó que después se realizará una subasta de objetos para recaudar fondos. Como ejemplo, habrá una camiseta del Real Madrid firmada por todos los jugadores. Dado que mi novela versa sobre el mus, se me ocurrió la idea de recoger en uno de los ejemplares la firma de escritores para aportar el libro a la subasta.
Hombre, ya sé que los escritores no somos jugadores de fútbol; pero, a lo mejor, a la vuelta de cien o doscientos años, la camiseta quizás se haya deshilachado y la firma conjunta de un puñado de autores de otra época tenga su gracia.
Así que, como si fuera una adolescente pidiendo autógrafo a los Jonas Brothers, estos días ando tras los autores por la Feria del Libro de Sevilla, recabando firmas. Cuando haya concluido la labor, daré la relación. He de decir que todos y cada uno de los asaltados han firmado con una sonrisa en los labios. ¿Todos? No, todos no. Ha habido uno que no. El showman televisivo metido a escritor alegó que él no firmaba más que sus libros; pero alguien de su séquito le insistió que se trataba de una buena causa y el susodicho pilló con desgana el primer trozo de papel que encontró y estampó su firma en él. Mi educación me impidió indicarle el lugar exacto de su anatomía en el que podía colocárselo.
Me maldije a mí mismo por haberle dado la oportunidad a ese cretino de unir su firma a la de los otros escritores. Y, en cierto modo, después de leer en sus ojos la soberbia y el divismo, me alegro de que las cosas hayan pasado así.
Así que cualquier día de estos, cogeré ese papel y repetiré el gesto de Andrés Vázquez con el dibujo de Picasso. Claro que el cretino no es Picasso.

miércoles, 25 de marzo de 2009

El origen del mus

La primera referencia escrita que existe sobre el mus data de 1745 cuando Manuel Larramendi lo mencionó en su Diccionario Trilingüe Castellano-Bascuence-Latín. Así pues, parece evidente que ya años antes debía de jugarse en las tabernas vascas. En Muerte dulce me he permitido novelar sobre el origen del mus (con permiso de los maestros Mingote y Leguineche). Y, desde luego, si no surgió tal y como lo narro, tuvo que ser muy parecido.
En mi novela, Eugenio González Gorostiza, más conocido como Antzara, sienta las bases del mus. Antzara significa ganso en euskera y, a su vez, ganso es tahúr en el lenguaje de las germanías. Pues bien, Antzara es un veterano tahúr, curtido en las casas de tablaje de Bilbao, Madrid, Nápoles, Sevilla… Es un extraordinario jugador, pero termina míseramente porque, como él dice: quien juega, quien apuesta… finalmente llega el día en que termina perdiendo.
De vez en cuando, Antzara, viejo y arruinado, vuelve a la cuna del mus, la taberna de El muslari tuerto (esta se encontraba en uno de los cantones de Carnicería Vieja, muy cerca de la iglesia –hoy catedral-, que aparece en la foto) donde introduce nuevas reglas en el mus, un juego compendio de todos los anteriores para terminar siendo genuino y el más grande de todos los juegos de naipes.
Su obsesión, lo único que le empuja a seguir viviendo, es crear un juego donde no siempre gane el que mejores cartas tiene. Un juego en el que se apueste algo más importante que el dinero. Un juego de honor.
Antzara toma reglas de los viejos juegos, tanto de los lícitos como de los de estocada (aquellos en los que se apostaba fuertemente): en la pechigonga se daban cuatro cartas a cuatro jugadores y con ellas se envidaba o se pasaba; en el rentoy y en el truque también se envidaba y se hacían señas (algunas fueron adaptadas al mus); en el juego del reinado lo que más valían eran los reyes; en el juego de los cientos se quitaban los treses y las cartas más valiosas eran los ases, como en el rentoy lo eran los doses; en el juego de la báciga había que formar la cuatrinca (cuatro cartas iguales) o formar un catorce (dobles parejas); en el juego del cacho, como en el de la báciga o las treinta, el objetivo era sumar treinta y una.
Se permitió usar la sota de oros, la carta más valiosa en el rentoy (llamada pendanga en la báciga o perica en el truque) para formar la treinta y una real.
Esa fue la gran creación de Antzara: el juego del musuz musu (cara a cara, en euskera), como él lo bautizó, aunque posteriomente alguien determinó acortar su nombre.
El mus: cuatro jugadores, cuatro cartas y cuatro lances: grande, chicas, pares y juego.
Una de las más grandes partidas de la historia tuvo lugar en El muslari tuerto. Los mejores jugadores de Bilbao la disputaron la noche de San Fernando del año de gracia de 1683. Algunos de ellos terminaron pagándolo con su vida. Pero para saber lo que pasó, tendrán que leer Muerte dulce.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Muerte dulce

Pues sí, Muerte dulce. Este finalmente es el título de mi nueva novela. Después de meses de minuciosa preparación, seleccionando y mezclando ingredientes, ya está en el horno. Así que en unos días deberá estar lista para ser devorada. Al menos, eso espero.
Estoy deseando volver a sentirme como esa madre de las de antes que se pasaban la mañana cocinando para que llegara la familia y se lo zampara todo en un santiamén, la mayoría de las veces sin dar las gracias.
Esa también es la grandeza y la miseria de los escritores. Meses, si no años, de duro trabajo para crear una obra que podrá ser leída en unas horas.
Muerte dulce supone la segunda aventura (que no segunda parte) de mi querido Fernando de Zúñiga. Eso sí, he tratado de narrarla de tal manera que quien no haya leído previamente La sangre de los crucificados pueda disfrutar tranquilamente de Muerte dulce.
En Muerte dulce hay algunos de los ingredientes de la anterior novela: viajes, rigor histórico, intriga, asesinatos, emocionantes relaciones personales… pero además hay otros dos. Uno es el vino, como no podía ser de otro modo por ser el mejor compañero de cualquier suculenta comida. Para ser más precisos, diré que el vino de las tierras del Duero es una pieza importante de la trama. Y el otro lo componen los naipes, y en especial un juego que acaba de nacer en las tabernas vascas: el mus.
En absoluto es necesario saber jugar al mus para imbuirse en la historia. Aunque también es verdad que los muslaris sonreirán con algunos de los lances de la famosa partida que se celebró en la taberna bilbaína de El muslari tuerto durante la noche de San Fernando de 1683, y que supuso el desencadenante de una serie de misteriosas muertes que el doctor Zúñiga deberá investigar.
Mi editor me dijo que me resultaría más difícil escribir la segunda novela que la primera…. ¡y vive Dios que tenía razón! La más que maravillosa acogida de los lectores de La sangre de los crucificados me cargó de ilusión, aunque también de responsabilidad. Cada noche me enfrentaba a las teclas de mi ordenador con el único propósito de que Muerte dulce estuviese, por lo menos, a la misma altura que su predecesora.
Por el camino han quedado dudas, inseguridades, atascos… pero también satisfacciones y sonrisas, especialmente cuando intuía que la novela tomaba forma o cuando las musas se acordaban de mí para componer una bonita frase.
El trabajo está hecho. Ahora solo me queda esperar que Muerte dulce sea del agrado de todos sus lectores, para que la lista de comensales se vaya ampliando. Confieso que tengo fe en ella… y en ustedes. Buen provecho.